miércoles, 21 de octubre de 2015

Pensar desde Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935) podría encontrar una aguja en un pajar. Las encuentra, las examina, las memoriza, las guarda y exhibe su brillo cuando escribe. Digo agujas para remitirme a mínimos incidentes, anécdotas de lo variopinto, frases y detalles que a otros pasarían inadvertidos. Más que un lector, un rastreador. Leys escoge una de estas agujas, y ello le basta para escribir estas cautivadoras piezas cortas que publica en La Quinzaine Littéraire y en New York Review of Books. Un curioso de paleta incomparable, donde coinciden escritores y artistas chinos, referencias a culturas de distintas regiones del planeta y autores de la tradición literaria occidental. Un inspirado que toma de aquí y de allá, anuda sus agujas en un pensamiento paradójico, que plasma en breves textos sin desperdicio. Su secreta inquietud: desde dónde pensamos. Cómo pensamos.
La felicidad de los pececillos
La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas (Ediciones Acantilado, España, 2011) nos recuerda que “la ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado es siempre un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral”. Leys se revuelve contra los prejuicios, al tiempo que intenta limpiar el parabrisas con que vemos el mundo.
Pondré algunos ejemplos. En Conocer y desconocer China, Leys desmonta la obra de Francois Jullien, con argumentos demoledores: no le interesa China, sino que se sirve de ella para darle forma a sus propios pensamientos. En El éxito es vulgar expone al crítico norteamericano Edmund Wilson como un gigante hueco. En “Los escritores y el dinero”, serie de tres entregas, defiende una idea contraria a la tesis de la obsesión productiva: nadie debería sentirse obligado a llevar sus fuerzas al límite, de modo de preservar una parte de su vida, de su tiempo, para su propio bienestar. Copio esta anécdota que Leys, a su vez, tomó de las Memorias del compositor ruso, Dmitir Shostakovich: “Un general de Nicolás I tenía una hija; éste se casó con un húsar en contra de la voluntad de su padre. Éste pidió al zar que tomara cartas en el asunto, y Nicolás I promulgó de inmediato dos decretos: el primero anulando el matrimonio y el segundo restableciendo la virginidad de la muchacha” (Leys podría tener una lejana afinidad con Eliot Weinberger, también fascinado por las antípodas; en su libro Algo elemental, publicado por la Editorial Atalanta, el neoyorkino hace algo similar a Leys: reproduce una anécdota paradójica, que André Malraux, a su vez, cuenta de la gata de Sthépane Mallarmé).

Nelson Rivera
@nelsonriverap


Título Original: Libros: Libros: Simon Leys

La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

martes, 20 de octubre de 2015

Mariana Torres: “Si el cuento perfecto estuviera escrito todos dejaríamos de escribir”

Distinta a otros autores, Mariana Torres no escribe para soñar sino que sueña para escribir. No más se levanta, esta autora nacida en la ciudad brasileña Angra dos Reis en 1981 anota, en primera persona del presente, qué quimeras poblaron los recorridos nocturnos de su mente. Redactar aquellas fantasías le permite articularlas, ponerles orden y reconocer la fuerza de sus imágenes. “Hay períodos en los que dejo de hacerlo y se me olvidan los sueños; entonces soy menos creativa”, apunta la también profesora de la sede madrileña de la Escuela de Escritores. Fue la costumbre de llevar un libro de sueños y el oficio de los talleres los que dieron a Torres las herramientas indispensables para terminar su primer libro de cuentos, El cuerpo secreto (2015).
Once relatos de ese libro son sueños. El lector los reconocerá con facilidad porque tiene el ímpetu de las imágenes fantásticas.
Mariana Torres
Foto: Alain André
Pero si aquellas imágenes, por muy poderosas que fueran, llegaron a estructurarse en relatos es porque, además, Torres tiene oficio. Y es uno nacido del gusto por el proceso de pergeñar ideas sobre papel. Escribir, así como el verbo, más que el sustantivo, es una acción que la cautiva desde joven y si terminó estudiando guión en la Escuela de Cine de Madrid fue justamente porque sintió que la carrera en Filologías Hispánicas era una carrera muy teórica y ella quería algo más práctico. “Lo hice un poco sin querer: fui haciendo las pruebas y me admitieron y me dieron la beca, así que la verdad por eso fue que entré”, explica la autora que de aquella experiencia sacó el cortometraje Rascacielos (2009).
Pero pronto Torres aprendió que la cinematografía y la literatura son dos idiomas radicalmente diferentes. Aquella etapa le pareció dura porque la obligó a desearse de lo que ella lama “la retórica”: “Aprendes a escribir de otra manera: la estructura de la historia, la caracterización de los personajes, las acciones. Pero la retórica de la prosa, incluso su musicalidad, no te sirven para nada. Hasta que recuperé la narrativa para escribir ficción me costó dos o tres años y eso fue a partir de los talleres de escritura, en especial las clases de Ángel Zapata”.

– ¿Cómo la experiencia de dar clases te ayuda a escribir?
Los temas de los cursos que doy en la Escuela de Escritores se refieren a mi manera de hacer los cuentos: la niñez, las emociones y los sueños. Creo que esas son mis tres especialidades y por eso están todas en el libro. Es como la historia del huevo y la gallina: no sé si diseñé los cursos porque escribía de esta manera o si escribo así por los talleres.

– También está el trabajo con los escritos de otros…
– Eso me ayuda a distanciarme de los míos. Cuando estás acostumbrado a leer textos diferentes de alumnos distintos adquieres práctica en comentarlos, con lo cual también aprendes a separarte de los tuyos. Ahora mismo yo no me acuerdo de ningún texto de algún alumno y es porque hago una separación. Creo que esto le pasa a todos los profesores de taller. Eso te ayuda a corregir. Si no estuviéramos acostumbrados a leer o solo leyéramos buena literatura sería muy deprimente. Estar acostumbrado a trabajar con literatura te acostumbra a hacerlo con tus propios escritos también. De hecho, yo aún tengo algunos que si paso tiempo sin leerlos ni me acuerdo que los he escrito yo.

– ¿Qué aprendiste escribiendo El cuerpo secreto?
– En primer lugar, este proceso me enseñó a elaborar un libro de cuentos unitarios que es una cosa que nos sabía hacer. Aprendí a poner punto final a los cuentos porque también soy de corregir mucho. Con mi libro también aprendí a superar la imperfección, porque nunca sientes que el cuento está perfecto y tienes que lidiar con esa sensación de que aunque está imperfecto, está más vivo que si estuviera perfecto y es como soy yo ahora. Y es lo que hay. Se trata de renunciar a la perfección porque es algo imposible. Si el cuento perfecto estuviera escrito todos dejaríamos de escribir. Es absurdo buscar la perfección.

@michiroche

miércoles, 14 de octubre de 2015

E. H. Gombrich, más allá del arte

A esa edad en que la experiencia carga de liviandad y peso, a un mismo tiempo, cada palabra; donde asperezas, melindres y prejuicios se vuelven irreconocibles en la conversación; en esa hora de los últimos años, en que el mundo se llena de recuerdos, Didier Eribon entrevistó en Londres al historiador del arte, Ernst Hans Gombrich. Lo que nos cuentan las imágenes (Editorial Elba, España, 2013) debe ser, aunque la edición no hace referencia a ello, el mismo libro que la Editorial Debate publicó en 1992. En este caso, la de Elba incluye un prólogo del crítico J. F. Yvars.
Gombrich nació en Viena en 1909, miembro de una culta familia judía asimilada, gente amiga o relacionada con muchas de las grandes figuras de la Viena de comienzos de siglo. A pesar de su expreso deseo de no ser etiquetado como un típico ejemplar de la inteligencia de Weimar, de la conversación con Eribon queda claro cierta inevitabilidad: que vivía en una atmósfera en la que era inconcebible que las personas no fuesen educadas y no disfrutasen de los bienes del espíritu.
Lo que nos cuentan las imágenes
El intercambio fluye, catalizado por el tino de Eribon, más pensador que periodista. El precoz que recorría Viena asombrado por la belleza de sus edificios; que era testigo del auge del antisemitismo; que experimentó el hambre durante la Gran Guerra; y que leía a Goethe y Schiller en plena adolescencia, se interesa por la ciencia y los minerales, pero también por el manierismo y las artes. Tras el ascenso de Hitler, Gombrich llega a Londres en 1935 y se incorpora al Instituto Warburg, donde le asignan nada menos que la tarea de descifrar y ordenar los papeles de Aby Warburg. Da clases, pasa los días en la biblioteca del British Museum. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, es contratado por la BBC para trabajar como ‘escucha’ de la radio alemana. Elabora reportes y análisis para los aliados (fue Gombrich quien reportó que Hitler había muerto: un minuto más tarde, su notificación llegó a Churchill).
De regreso a su vida de intelectual, la trayectoria de Gombrich resulta indetenible: las sucesivas versiones de La historia de arte animan, incluso a sus adversarios, a calificarlo como el importante crítico de las artes del siglo XX (agotadas las ediciones, Gombrich añadía novedades en la siguiente). Entre 1959 y 1976 dirige el Instituto Warburg. Dicta conferencias. Publica Libros, entre ellos la biografía intelectual de Warburg. Cultiva las amistades de otros hombres extraordinarios como Roman Jacobson y Karl Popper. Participa en debates sobre un amplio temario, en el que destaca el de la psicología de la percepción, una de sus obsesiones. En el capítulo de cierre, Eribon insiste en preguntarle por su método. Responde Gombrich: “sentido común. Es mi único método”.


Nelson Rivera
@nelsonriverap

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Título Original: Libros: E. H. Gombrich
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/


jueves, 8 de octubre de 2015

Aquella infancia secreta

 Niños que luchan contra monstruos vegetales, caballos que llevan la velocidad del fuego y diminutos patibularios que esperan a hombrecillos aún más pequeños son algunas de las anécdotas de las narraciones breves –e incluso brevísimas– que habitan dentro de El cuerpo secreto de Mariana Torres.
El cuerpo secreto
La mayoría de los personajes de los cuentos son a un tiempo inquietantes y entrañables. Se trata niños que sufren dolores “tan intrínsecos a la vida que llegan a fascinar y sufrirse por partes iguales”, como la niña atrapada dentro de un corsé, el pequeño con un corazón de piedra que lastima a sus amigos y el niño que es un árbol monstruoso de cuya boca salen húmedas flores doradas. Así, sustentado sólidamente en las brumas de las fantasías infantiles, el mundo que construye el conjunto de los treinta y cuatro relatos editado por Páginas de Espuma hará que cada lector recuerde las imágenes con que pasó las mejores horas de su vida durante aquella edad de la utopía perdida que antecedió a la adultez.
“Los niños son tierra formada, levantada, en pleno crecimiento vertical, verde y llano”, escribe la autora en uno de estos cuentos, el titulado “Volver a la tierra”. La afirmación permite descubrir el motivo que palpita debajo de los pequeños personajes: la tierra, la cual no es otra cosa que el más antiguo símbolo de lo maternal, la etapa más primitiva de la humanidad, anterior a las fantasías de la individualidad. Esto no solo es evidente en “Tierra Madre” donde una criatura recibe una “leche blanquísima” de una negra enorme, sino en los niños que se enredan en las copas de los árboles o les gusta hacerlos crecer en sus entrañas. Por eso, los monstruos se transforman en follaje, algunos niños son peras, así como otros trepan por todas partes, incluso por los aires, o se enfrentan con el vacío, desafiándole. Lo mejor de los cuentos del primer libro de esta madrileña nacida en Brasil es que brotan de la tierra: son húmedos y ctónicos, como los campos fértiles.
Las coloridas imágenes trepidantes que se suceden en estas narraciones confirman que la autora se formó en la Escuela de Cine de Madrid, pero no es esto la marca de su estilo. Si lo más interesante de estas historias es su registro simbólico natural y la estructuración de sus temas en tres obsesiones –la perspectiva infantil sobre el dolor, las imágenes acuáticas como contrapartida real y metafórica tanto de los desiertos como de los abismos y la tierra como aliento de la vida y depósito de la muerte– el estilo representa un aspecto que debe notarse, porque navega entre el registro clásico y la forma de la vanguardia. No es una contradicción. A pesar de que están construidos con la economía expresiva de los cuentos modernos –no en balde la autora es profesora en la prestigiosa Escuela de Escritores–, los relatos de Mariana Torres se parecen a los cuentos de los hermanos Grimm y de Charles Perrault, antes de que la pedagogía simplista de Walt Disney los echara a perder.

@miciroche


miércoles, 7 de octubre de 2015

Un mundo con todo expuesto

A la extendida e intensa prédica a favor de  la transparencia, Han, filósofo coreano formado en Alemania, responde: la transparencia ha adquirido tal poder de coacción que tiene un carácter totalitario. El auge de la transparencia supone el destierro de la negatividad en favor del establecimiento de una sociedad positiva, donde todo sea conocido, exhibido, puesto en evidencia. “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad, cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información”.
La sociedad de la transparencia
En un mundo donde todo debe ser expuesto, donde todo debe ser despojado de sus secretos, se produce la liberación de las imágenes: desprovistas de profundidad, de elementos opacos, de zonas resguardadas al morboso apetito de los demás, se vuelven transparentes, inmediatas: la sociedad de la transparencia es la sociedad de la pornografía, la sociedad que borra la brecha entre la imagen y el ojo. Al estado de transparencia contribuye el que todo tenga un precio: nada guarda ya su lado oculto, nada alcanza a mantener su singularidad, todo puede ser comparado por su valor monetario. Vivimos la multiplicación, el crecimiento sin fronteras de lo igual.
El arrollador movimiento de la transparencia pasa por encima del derecho a la privacidad, de los límites que deberían proteger lo personalísimo. Una vasta industria, que opera a través de ciertas modalidades del periodismo, se dedica a ventilar, a exhibir en la vitrina pública, lo que  hubiese podido permanecer bajo resguardo. De hecho, lo que ahora se entiende como “intimidad” es justo lo contrario: es el mecanismo de conversión para que los asuntos de la vida privada salten a la esfera de lo evidente, se transformen en data desprovista de negatividad, es decir, en material que verter al incalculable torrente de información que circula por el mundo.
Desnudas, arrancadas de su velo, las imágenes han perdido la capacidad que tenían de ser leídas solo hasta un punto. Ahora se exponen sin rubor. La sociedad pornográfica es, a un  mismo tiempo, sociedad del espectáculo y la sociedad sin vocación hermenéutica. Sociedad que puede prescindir de la interpretación, pero también de eros, porque donde todo está previamente expuesto ya no es posible la seducción. Advierte Han: que de la amenaza del gran hermano con poder ilimitado de vigilancia, pasemos a un mundo donde todos nos vigilamos unos a otros. Que todos seamos promotores de la liquidación de las fronteras que separan el adentro del afuera, entregados de forma voluntaria, a una sociedad de panóptico ilimitado, del que cada vez más somos promotores y víctimas, a un mismo tiempo .

Nelson Rivera
@nelsonriverap

Título Original: Libros: Byung-Chul Han
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

viernes, 2 de octubre de 2015

Los poemas ajenos

Sólo en la belleza ajena
hay consuelo, en la música
ajena y en los poemas ajenos.
Sólo en los otros hay salvación,
aunque la soledad sepa como
el opio.
(Fragmento del poema “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski)

El poema escrito encierra en su forma (y quizás también en su ejecución) algunos insondables enigmas. Para desentrañar los arcanos que un poema oculta parece un buen plan ir a la fuente. Antonio Trujillo que también es poeta y desde esa humilde condición de oficiante de la palabra va en busca de esclarecer sus inquietudes como lector de poesía.

Regiones verbales
Para tal empresa, y ya con los poemas seleccionados, contactó con los diferentes poetas y fue indagando sobre los pormenores de la escritura de determinado poema. Su travesía le llevó algunos años y el resultado es (de seguro el primer tomo) de un libro titulado Regiones verbales: Los poemas cuentan su vida. (Fondo Editorial Fundarte, 2014). Sobre como surgió la idea el propio Trujillo ha explicado: “Este libro comenzó a escribirse aproximadamente en el año 1998 gracias a la columna Verbo y Gracia del periódico El Universal, llamada ‘Los poemas cuentan su historia’. Y de esta manera es que nace esta idea de ir publicando un testimonio que cuenta la historia del poema”. La publicación recopila los diálogos que sostuvo con poetas como Ángel Eduardo Acevedo, Laura Antillano, Juan Liscano, Ramón Palomares y otros importantes poetas que de alguna manera conforman algo así como un mapa de la poesía actual en el país.
Antonio Trujillo es un conversador por excelencia. Su inclinación por relatar historias, salpimentadas con anécdotas curiosas, datos asombrosos y rocambolescos es proverbial. El libro tiene ese sello indiscutible de la oralidad. Trujillo en las diversas conversaciones con los poetas se convirtió en un oidor atento, su presencia es imperceptible y con exquisita paciencia anota la voz de cada poeta explicando las circunstancias en la cual escribieron el poema seleccionado por el compilador y esto es un valor deslumbrante de este libro. Otro de sus valores es ese acercamiento que el lector, como segundo invitado/oidor, tiene con el poeta; esa aproximación a su intimidad artística y creadora que le permite conocer un poco de esos avatares de la escritura poética. También es necesario acotar que los poetas seleccionados/reunidos explican su proceso creativo con evocadora sencillez.
Antonio Trujillo salió a la búsqueda de esa belleza ajena con la candidez de un explorador, de un caminante tocado por la poesía como quehacer y creación, como turbación y deleite. Un hombre que desde la soledad del poeta y la comunión de la palabra poética sale al encuentro de lo sagrado por aquello escrito por Octavio Paz: “La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. Intenta embellecerla, como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado el mundo…”



jueves, 1 de octubre de 2015

Esa crítica del demonio

La antigua diatriba entre el valor de la literatura en contraste con el de su estudio no ha terminado puesto que el desafío de la crítica de este siglo es pensar en una forma de análisis literario que vaya más allá de la celebración o el descrédito de las novedades editoriales o de la repetición sobre los mismos clásicos manidos, pues si ya el estructuralismo se preguntaba quién es ese ser esquivo al que llamamos autor, depositando el poder de la interpretación en manos de los lectores, ¿para qué vamos los reseñistas (de la academia o del periódico) a indicarles lecturas de nada a nadie? Si acaso, apenas podemos formular alguna idea tomando como punto de partida lo que hemos leído. Y he allí la importancia que ha tomado en las últimas décadas ciertos usos de la literatura, digamos, académica.
El demonio de la teoría
La universidad nunca ha sido tan prolija como ahora en la producción de lecturas “informadas” sobre la narrativa, la poesía, el teatro y la ensayística, por solo referirme a algunos géneros de las letras. Desde el advenimiento de los llamados Cultural Studies, que pretenden entender el funcionamiento de las representaciones estéticas en el mundo mientras se estructura ante nuestros ojos atónitos la omnipresente Era de la Información, entendemos que el estudio del sentido de la producción artística no se limita solo a la literatura o a las artes plásticas, sino a cualquier manifestación intelectual o sentimental, desde una sinfonía hasta el diseño de los carteles para una protesta callejera. Nuestras universidades, en Europa tanto como en el Nuevo Mundo, se han afanado en multiplicar un inabarcable corpus crítico que en algunos casos sobrepasan la calidad y el volumen de la producción artística. Del hecho de que nuestros estudiantes prefieran leer las obras de los analistas y no los clásicos de la literatura se queja Antoine Compagnon en su más reciente libro, El demonio de la teoría: Literatura y sentido común.
Menos análisis teórico y más entretenimiento a partir de la lectura parece ser el lema sobre el cual se sustenta este divertido, además de culto, ensayo analítico. No se trata de restarle profundidad a las letras, sino de establecer una distancia entre la lectura del estudioso y el goce estético de las obras, donde el último debe ser lo primero. “La nueva crítica, como la historia literaria de Gustave Lanson algunas generaciones atrás, pronto quedó reducida a unas cuantas recetas, trucos y artimañas para tener éxito en las oposiciones. El entusiasmo teórico se estabilizó a partir del momento en que proporcionó algo de ciencia complementaria a la sacrosanta explicación de los textos”, escribe en la introducción al libro quien es titular de la cátedra de Literatura Francesa Moderna del Collège de France. A partir de esa afirmación, Compagnon lleva al lector a evaluar no solo el estado de la literatura como rama del saber y las posiciones tanto del autor como del lector en este mundo de vertiginosos intercambios de datos, sino también la evaluación de nociones fundamentales para la crítica como la historia, la identificación y el valor social de la producción literaria.
El curriculum de Compagnon es un aval de las opiniones que construyen las 312 páginas del ensayo editado hace unos meses por Acantilado. Formado como ingeniero de caminos, el también autor de ¿Para qué sirve la literatura? (2008), obra donde no solo defiende los usos de los libros sino que coloca el arte de escribirlos en el fundamento del desarrollo humano, es académico de la Sorbona de París y en la Columbia University de Nueva York, además de ser miembro destacado de la Academia Americana de Ciencias y Arte, sí como también del a Academia Europea y correspondiente a la Británica.
El demonio de la teoría es un ensayo recomendado para cualquiera que quiera entender el estado contemporáneo de la crítica, así como la literatura misma. Sin embargo, a mi me hubiera gustado que la mente analítica que Compagnon aplica para desprestigiar a las escuelas de Estudios Culturales la hubiera invertido también en desenmascarar el reseñismo acomodaticio de ciertos críticos de medios masivos, quienes usan su propia celebridad maquillada con teorías transformadas en poses de selfie para consagrar a escritores y afirmarse a sí mismos.
Por supuesto que siempre existirán reseñistas que solo cuenten con su fama para elaborar los discursos por medio de los cuales condenan o celebran las obras de tal o cual autor, a veces, incluso, cuando estos son sus amigos o enemigos. Y también sobrevivirán los académicos cuya urgencia por trascender profesionalmente les impida salir de los dictámenes del canon. Lo que cada vez son más escasos son los analistas de la realidad con la entereza de ánimo como para poner en su sitio a los individuos de cada uno de estos grupos. Por cada centena de reseñistas ególatras y por cada docena de críticos académicos hay solo un Compagnon. Que existan libros como El demonio de la teoría es un enorme paso para restarle importancia a ambos grupos. Y, aunque sea solo por eso, bien que vale la pena tomar en cuenta el trabajo de Compagnon.

@michiroche 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Leer para descubrirse

A los 19 años, cuando apenas había salido del curso preparatorio de la Escuela Normal Superior de París, Agnés Desarthe se sentía incómoda en cualquier biblioteca y su perfil no era el de una intelectual come-letrasAunque estudió en la ENS, la institución de enseñanza creada durante la Revolución Francesa en donde aún se educa la intelligentsia gala y sus padres pusieron empeño en desarrollar su interés por las letras, Desarthe no se atrevía a decir que le disgustaba leer. Tuvo que vencer sus propios miedos para convertirse en la traductora de renombre, que ha puesto lo escrito por Virginia Woolf y Cynthia Ozick en francés, y la narradora consagrada que es hoy –su novela Un secreto sin importancia (1996) ganó el Premio Livre Inter y vendió más de 50.000 ejemplares en un mes–. Cómo aprendí a leer cuenta esa historia y confiesa el odio que encerraba un amor profundo.
Cómo aprendí a leer
El libro cuenta una travesía desde la niñez hasta la adultez navegando sobre la narrativa, la poesía y el ensayo con el objeto de reconocerse en la palabra escrita. “Cada vez que un personaje, sea en un libro o en una película, descubre el alfabeto, lloro. Poco importa la calidad de la obra, lo que yo busco es la escena: Un dedo que sigue una serie de letras y consigue, por primera vez, desentrañar su sonoridad, descifrar su sentido. No hace falta más: se me caen las lágrimas”, escribe.
Hija de una rusa hebrea y de un libio, para la autora nacida en París en 1966 existe un vínculo entre la persecución, el exilio, la humillación social y la lectura –“entre la palabra ‘judío’ y la palabra ‘libro’”–, que la incapacitaban para reconocerse en la palabra escrita: “Durante años me he negado a leer porque mi abuelo materno había sido deportado; porque la familia de mi padre se había visto obligada a abandonar Libia y después Argelia; porque, a pesar de nuestros esfuerzos nunca éramos lo bastante franceses, lo bastante burgueses; porque la lectura por un desgraciado juego de prestidigitación, estaba asociada con Francia, la Francia del terruño, el terruño que nunca conocería, que nunca poseería”.
En el libro editado en castellano por Periférica, la lectura permite que Desarthe descubra su identidad como mujer, como ciudadana francesa y, más importante aún, como escritora. Pero el paso entre la joven estudiante que, a pesar de que ocupaba gran parte de su tiempo libre con los libros, despreciaba la lectura y la traductora adulta que la convirtió en una herramienta profesional ocurre, como en todas las aventuras heroicas, a partir del descubrimiento de la ayuda mágica. En el libro Shosha de Isaac Bashevis Singer, que encuentra por casualidad, se identifica con todos los personajes, con el ambiente, incluso con los objetos inanimados que muestra el autor que escribió toda su obra en Yiddish. Esa lectura le despertó un feroz apetito y devoró, una tras otra, las obras del ganador del Premio Nobel de 1978. En su cuentos “Yentl el niño del Yeshivá”, por fin, encontró la respuesta a la pregunta inspirada por Mijail Bajtín: ¿desde dónde leemos?
La historia de una niña cuyo padre rabino la enseña a discutir la teología judía desafiando la tradición la introdujo a una feminidad transgresora que le hizo comprender el lugar que ocupaba en el mundo. “Leer a Singer no sólo permitió que una voz, hasta entonces ausente, se elevara para ofrecer por fin las historias de mis orígenes con lagunas, sino que también me dio acceso a una nueva proposición, a una repartición diferente de los atributos y posibilidades relacionadas con el género”, escribe en el libro: “Ya no era mi familia contra Francia, ni mis padres uno contra otro, era el mundo de antes contra el mundo de ahora; y en el seno de esta contradicción: la mujer sumisa contra la mujer sabia”.
El lector inocente pensará que Cómo aprendí a leer se trata de una declaración del amor por los libros de una escritora, pero eso sería como repetir alguna frase vacua como esa de que la lectura es un viaje a otros mundos sin moverse del asiento. La lectura es más que escapismo y placer, se trata de una herramienta para conocer y reconocerse; es una forma de apaciguamiento de los impulsos básicos y una necesidad para interpretar el mundo. Así, este libro es más que la historia de un recorrido iniciático, es la suma de esas reflexiones sobre los libros es una evidencia de la estructura de relaciones entre las culturas a través y los entramados lingüísticos que las diferencian que se articulan a partir de lo escrito. Es un homenaje a la lectura como espina vertebral del conocimiento y las relaciones entre culturas.

@michiroche

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Voces de la locura corriente

Francisco Arévalo es poeta y con algunos premios que han reconocido su dominio de la lírica, prueba suerte con la novela. Su primer amago, La esquizofrenia de las golondrinas, obtuvo el premio Fundarte de novela. Las suspicacias y las hablillas del mundo literario no se hicieron esperar.
Háblame, háblame Iolanda
Con otra novela Háblame, háblame Iolanda (Ediciones Estival 2014) reincide con su peculiar universo narrativo. La oralidad le sirve como pivote para presentar un buen número de microhistorias, caracterizadas por una crudeza que raya en lo grotesco. En la novela dos mujeres dialogan o para ser especifico: una habla y la otra es sólo oídos. Una es paciente y la otra siquiatra. La que habla es cineasta, pero la hace de fotógrafa y es un caso clínico con posibilidades de salir de sus naufragios nerviosos. A esta voz se incorpora otra voz (Lucho) que es algo así como un escultor con mucho vicio (alcohol y droga). Cada capítulo va precedido de un epígrafe. Frases de una gama variada y de personajes del mundo de las letras, el cine, el arte o la música. Algunos son enigmáticos como este de Pessoa: “Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”. También los hay de un humor raro como este de Frank Sinatra: “Uno tiene que vivir, porque morir es muy molesto”.
De la mujer que habla (Iolanda Teresa Bruno Freites) conocemos mucho. Mientras de la que escucha (Rosa María) no sabemos nada, pero de algún modo una es espejo y la otra en un mero reflejo. A la que habla/narra se podría definir con esta frase: “Los loqueros comprendieron que mi grito más fuerte era el silencio,…”
El autor aparte de ese artilugio de médico/paciente para echar a andar la novela emplea otros recursos como el diario, las cartas/notas tradicionales y con dichos elementos estructura una narración de gran fluidez, sin mencionar que los capítulos son breves y le permiten un respiro al lector de una logorrea florida y que trata de unir las piezas desarticuladas de una vida.

La novela concluye con una frase de un autor que ya nadie lee como Anatole France. “Una persona nunca es feliz si no es pagando el precio de ser un poco ignorante”. Aunque no hay que ser un pesimista aguafiestas ya que la felicidad, como lo expresa Fernando Savater, podría consistir en una receta minimalista: “Gustos sencillos y mente compleja”.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Néstor Mendoza, pasajero de voz y gestos

Néstor Mendoza es un observador que transita en busca de rostros, gestos y actos. Aparta la carne y escudriña en el cansancio, la bondad y la tristeza. Sus versos se alimentan de lo cotidiano e íntimo.
Mendoza (Maracay, 1985), quien fue el ganador del IV Premio Nacional Universitario de Literatura Alfredo Armas Alfonzo, mención poesía, con su obra Andamios publicada en el 2012 por la editorial Equinoccio, presenta su segunda obra, Pasajero, con el nuevo sello de Dcir ediciones (fundado por el maestro Carlos Cruz-Diez y la poeta Edda Armas). Dicho libro se divide en tres partes constituidas por 28 poemas. Bien es cierto que prevalece el verso libre, pero se destacan dos composiciones poéticas antiguas: Una sextina en el poema del mismo nombre y una cuaderna vía en los versos de “Prisionero”.
Pasajero, de Néstor Mendoza
En el primer poema, del cual recibe el título esta edición, nos lleva a un entorno mecánico de lata y humo, donde hombres y mujeres se desplazan con todo el peso de la rutina sobre el asfalto. El poeta pasajero en el camino suda a través de un ritual diario y dice que no es un extraño, que su vida se cruza con los pesares, con los sueños de otros en un autobús: “Hay un poco de inocencia / en estos perfiles: / algunos cierran los ojos / en un sueño momentáneo, / se dejan detallar, auscultar. / Sin que lo noten, presentan una mueca íntima, / un gesto breve. / Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben” (…) “Gente buena que me mira, en el bus, y escarbo / su costado amable, muy adentro”.
En “Un hilo claroscuro” se repite esa observación cotidiana y minuciosa, capaz de exponer con notable sencillez a los transeúntes y su entorno: “Así van los hombres deliberadamente ausentes; / con su cuota de sol, marchan / y no preguntan qué sucede en los negocios / y la sombra que a esta hora no existe”. Pero al igual está el reclamo hacia el dolor, la violencia y la muerte en el país, que recibe el nombre de mes, “Febrero” quizás un 12 de febrero de 1814 o 2014: “Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, / doloroso / (manos y piernas quietas / para siempre) e hincar, hondo, / el acero del fusil”.
Lo femenino palpita en este poemario. La mujer protagonista en esta obra es, a veces, la criatura “Dócil” que sufre la injusticia de los golpes de su amante. De esta manera, Mendoza se atreve a mostrarnos un cuadro sobre la violencia de género del que fue testigo: “Una cantidad indeterminada / de puños se ensañó contigo. / Quebró la longitud blanca del hueso, / en partes que no pueden armarse de nuevo, / o que yo, particularmente, no sé armar”. O la compañera que en la intimidad admira, ama y de la que estudia los más mínimos “Gestos”: “Para mí, no existe una sola cara: / puedo interpretar muchas sonrisas / que me indican tu aprobación, / cuando ignoras sin querer / y amas sin que te des cuenta”. Una mujer siempre está presente en su deseo, en su mente, en su rito personal, y ello se aprecia y confirma en “Breve anatomía”: “Dentro del cuarto, / todo lo que admiro duerme en mi cama, / tiene cuerpo delicado y menstruación”.
La sensualidad la hallamos en cada poro de “Barbería”, hombre que toca el rostro de otro: “El que está sentado agradece la navaja, / el trazo suave que poda el cabello / y alínea las patillas.”(…) “Hay un gesto masculino, paterno, / que ambos notan, que se impone”, pero más allá de géneros hablamos del despertar de los sentidos. Esos que muchos asumen dormitados por  tratarse de un corte de pelo que se anota en la lista de la rutina.
Dios también es cotidiano en los versos de Mendoza. Ya lo leímos en Andamios donde un niño corre detrás de Dios cuando suena el timbre en la escuela, porque para él no está  lejos, no está disfrazado de religión, sino de hogar, madre, abuela, esperanza y así nació de una naranja en su poema “Fundación”: “Dios bajó de su burro / sin mirar el horizonte / que dejaba atrás; / solo bendijo la tierra / que habitarían / sus hijos”. Y se niega rotundamente a creer que el hijo de Dios es una imagen de yeso que cuelga inerte en una pared donde le rezan, así lo escribe en Devoción: “Es una figurilla que cuelga laxa, / descarada: ya dejó de ser piel / y aparece la blancura del yeso”.
Pasajero con sus notables y cuidados versos nos deja la impresión de que Mendoza se arriesga, mejora y madura en cada obra que publica y desde ya forma parte de la historia de la poesía venezolana.