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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Un retablo para chuparse los dedos

Como un conjunto de figurillas en serie que representan un suceso o como el pequeño escenario en que se personifica una acción con títeres son dos maneras de definir  la palabra “retablo” que ofrece el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
El retablo
Y eso es justamente lo que hace José Rafael Lovera con Retablo gastronómico de Venezuela: poner ante los ojos de su lector una sucesión de alegorías, personajes y hechos que configuran la historia de la gastronomía de su país. 
José Rafael Lovera
En una decena de capítulos que recorren los nombres científicos y populares de los condimentos, el historiador nacido en 1939 cuenta los orígenes primigenios de las hortalizas y las frutas o anota las recetas de la repostería y los platos de antaño, así como también las fórmulas para los cocteles con ron que gustaban a los personajes prominentes de Venezuela. Así, esta publicación combina el saber enciclopédico sobre el yantar de ese país con el menudo detalle del pasado o la anécdota curiosa para contar el desarrollo de una sociedad que hoy, por fin, está orgullosa de su comida y de su cultura como antes lo estuvo de la belleza de sus mujeres o de la calidad de su petróleo.
El libro está concebido como una receta de cocina donde los ingredientes tienen vida propia. “Si el escritor concibe la obra y la plasma en un texto, el cocinero hace lo mismo mediante un recetario”, escribe el individuo de número de las academias de la historia de Venezuela, España y  Guatemala, así como de las instituciones similares en Estados Unidos, Italia y Francia: “Nuestra cocina se basa en la asociación de elementos autóctonos americanos y otros foráneos (europeos, africanos y asiáticos). 
Diez capítulos cuentan la historia gastronómica de un país
Esta diversidad de ingredientes, reflejo de una historia accidentada, se fundieron unos con otros al calor del relacionamiento de los distintos pueblos que formaron nuestra nacionalidad” escribe en el liminar que introduce los diez capítulos del Retablo. Alude allí también a la tontería tantas veces repetida en la conversación coloquial que describe como “mestiza” a la gastronomía venezolana. No solo es híbrida la mesa de ese país, así son las tradiciones culinarias de todas las naciones: ninguna cultura es “pura”, aunque haya grupos interesados en promocionar lo contrario. De hecho, Lovera señala que la misma cocina española que representó la fuente de la mesa criolla puede ubicar raíces en la cultura celta, gótica, íbera y arábiga.
Entre los datos interesantes que aporta esta investigación se encuentra la noción de que el régimen culinario tradicional de Venezuela se consolidó en el siglo XVIII, es decir: incluso antes de su proclamación como república. O la localización en el año 1861 del primer recetario escrito en ese país. Se trata de la obra de un agrónomo llamado José Antonio Díaz que nació de su preocupación por mejorar la alimentación de sus compatriotas campesinos y constituye una lección de filantropía para los políticos contemporáneos. Una sección valiosa del libro es el capítulo “Los oficiantes de cocina en tiempos históricos” que se refiere a un tema pasado por alto en la historiografía culinaria de Venezuela: los que tiene las manos en la masa, desde aquellos que fueron pioneros en el arte de los fogones durante la colonia, hasta los arquitectos del edificio que es la gastronomía moderna y variopinta de ese país.
Otro de los recursos atinados del cocinero de este libro es la invocación del poema de Andrés Bello, “La agricultura de la zona tórrida”. El primer verso de esa composición poética en silva, “¡Salve fecunda zona que al sol enamorado circunscribes…!”, resuena profundamente en las raíces cavernosas de la identidad venezolana marcada por la celebración de la herencia natural del país, a veces en detrimento del contenido humano de esa información genética que es la historia. 
Pero he allí lo verdaderamente interesante del libro escrito por el fundador de la Academia Venezolana de Gastronomía y del Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA): que trasciende toda simpleza y reivindica la manos que se han metido en la masa de la nutrición de los venezolanos: los esclavos bilingües que echaban mano de cualquier ingrediente nacional o foráneo, los cocineros que inventaban platos para alivianar las faenas de las campañas militares o las recetas del pan nuestro de cada día que desde tiempos inmemoriales ponen sobre la mesa de nuestras infancias las amas de casa. “Siempre hubo una abuela, una madre, una tía, una empleada que con su labor cotidiana, quemándose en los fogones, preparó lo que luego sobre la mesa constituyó delicia inolvidable”, escribe Lovera en el epílogo del libro: “Esas mujeres, dotadas de hábiles manos y de una memoria gustativa que fue formándose por la experiencia, se hicieron dueñas de nuestros paladares. Muchas de ellas lograron definir lo que llamamos sazón criolla, producto de un sutil arte combinatorio”.
Como un mesa bien servida, al dato preciso y a la narración entretenida se unen la profusión iconográfica de la publicación y la diagramación refrescante de los profesionales de Artesano Group, ingredientes todos que invitan a devorar cada capítulo de este Retablo, con la seguridad de que dejará el sabroso regusto de la historia civil venezolana.

@michiroche


viernes, 6 de noviembre de 2015

La luz habita en el Litoral central

Armando Reverón se dejaba dibujar por el sol; pasaba horas batallando con la luz en Macuto hasta que su piel se tostaba. Llegó a decir que esta lo cegaba, enloquecía y atormentaba, pero algunas veces lograba domarla y convertirla en su alidada para así crear sus pinturas. Juan Luis Landaeta busca seguir a través de los 39 poemas que conforman su obra Litoral central, esa misma luz que encandiló a Reverón.
El autor nacido en Caracas en 1988 es abogado, músico y poeta. Actualmente vive en New York y trabaja como editor asociado de la revista digital ViceVersa. En el 2009 obtuvo una mención especial en el III Premio Nacional Universitario de Literatura “Alfredo Armas Alfonso” por el libro Destino del Viento y una mención especial en el I Premio Nacional de Poesía Eugenio Montejo por su obra La conocida herencia de las formas, en el 2011. Litoral central es su primer libro publicado, que lleva Sudaquia Editores, sello de literatura en castellano radicado en Nueva York.


Litoral central
Al inicio de la obra, Landaeta nos posa frente al sol y nos recuerda que somos los mismos seres de tierra que heredamos de los humanos primigenios la alabanza al poder del astro para dar vida, luz y calor, como si se tratase del propio Ra, Inti o Tonatiuh: Un sol alza lo que revela, ante nosotros crece / su figura. De todo lo que ha amanecido, hay / un día que es nuestro. Imposible evadirlo”. Eso mismo nos enseña a un pintor y su lienzo: “Somos en la luz su paisaje blanco”, esto recuerda un fragmento de “La Luz de los espacios cálidos” donde Eugenio Montejo señalaba en ese genial ensayo que esta era la enceguecida angustia que lo que lo llevaba a pintar con blanco.

Y, de pronto, el poeta se atreve a dibujar un retrato de Reverón con palabras que guardan sonido de trueno: “El pintor / llama sol / al instante que él perfila // sordo / al horizonte / se entrega // recibe el meridiano /y la sombra de las hojas / se parece / a su pecho tendido”.
Al continuar la lectura sigue la claridad, a veces proyectándose en forma de pájaro o en orden y verde como los versos que construyen “El día”: “planta su luz / y es silvestre color / al aire muestra / suelta / sus hojas el jardín”, advirtiendo la cercanía de la oscuridad que oculta todo rostro, árbol y ser.
El autor anuncia que el pintor tiene “Su mirada fugaz”, todo por el encantamiento que disfruta, pero que a su vez es su mal, demonio y enfermedad: “invita al cuadro / que el dibujo alcanza / y nunca termina // el aire en la abierta / expansión / de las luces”.
Para luego fijar con esmero todos sus sentidos en el mar desafiante que golpea ola tras ola frente a un Castillete apartado de todo ruido y olor a ciudad, y al hombre que desafía con extraños rituales al calor y a los rayos que le mienten: “ese horizonte nítido en tus ojos / es un litoral / en la costa renueva su contraste / fijo en las retinas / explosión de su silencio / retoma el dibujo”.
En Litoral central además del sol como protagonista, también predomina el pájaro como imagen que concentra  la libertad, el aire, la luz, la locura y la angustia. El primer motivo aparece en poemas como, “La tarde”: “El sol / inflama / el horizonte / alza / su voz / en el valle / ave de la suspensión / alto cae / sobre su sombra / y en picada vuelve a trepar / desde su sed / al día”. El segundo tema se se aprecia en las líneas de “Ave que ofrece”: “al pájaro como a ti / los alumbra / deja / solos / la estrella que fuera”. O en los versos de “Sácate los pájaros del cuerpo” que muestran los animales que escuchaba Reverón o que sentía caminar muchas veces en su estómago: “dime acaso cómo una gaviota / te llevará / a donde el árbol cruje / y es así en tus ojos // olvida el nombre del cielo”.
Landaeta ha logrado componer un libro con poemas de luz, no solo porque nombre los rayos, el sol o la calidez sino porque hasta faltando estas palabras el lector puede sentir por medio de los versos al Litoral, con su  bochorno, Caribe y sed.

Diosce Martínez
@dioscemartinez

@poesiavene

jueves, 5 de noviembre de 2015

Mujeres que encaran golpes



Nadie es un candidato tan popular para un agravio como una víctima. Y si las mujeres continúan sufriréndolos es porque la violencia que las esclaviza en la intimidad no encuentra herramientas para enunciarse públicamente. El silencio pronuncia la palabra “sacrificio”. En Venezuela, por desgracia, a tan terrible problema debe añadírsele la espiral de violencia que en las útimas dos décaas y media ha convertido a las urbes del país en los lugares más peligrosos del mundo.

Foto: Gabriela Mesones Rojo
Por estas razones y otras que usted abe muy bien ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género no solo es un libro deseable sino necesario. Compilado por Violeta Rojo, Virginia Riquelme y Kira Kariakin, la publicación de Fundavag Ediciones reúne voces de mujeres en torno a la violencia de género: recopila una centena de textos breves escritos por poetas, periodistas, narradoras y ensayistas, así como también de mujeres de todas las profesiones. La idea era contar las historias que, aunque están a la vista de todos, apenas cubiertas por la dictadura de lo apropiado, no encuentran eco en la superficie de la sociedad. “No deja de ser un tema embrazoso, vergonzoso. Muchas veces nos cuesta admitir que sabemos de una amiga golpeada por su pareja, o de un niño acosado or sus compañeros de estudio por alguna obvia tendencia de género”, se lee en el prólogo que firman las compiladoras.

Al pie de la letra 
Quiero vivir atrapada en tus besos.
Él sonrió.
Acercó su boca.
Abrió los labios.
Foto: Gabriela Mesones Rojo

Y accionó el cepo.

Lena Yau 

Pero Kariakin, Riquelme y Rojo no se limitan solo a proponer la alquimia de la palabra escrita para visibilizar el problema de la violencia contra las mujeres, el libro es una excusa para discutirlo. Es decir, ¡Basta! comprende también una estrategia para visibilizar lo que está mal y también para aportar soluciones. Por ello, las presentaciones de esta publicación editada por Funsavag han servido como auténticos foros para entender las múltiples vertientes de este problema. Uno fue en la Librería El Buscón de Caracas se organizaron charlas con el profesor y psicólogo social Leoncio Barrios. Otro, contó con la participación del poeta Alberto Hernández y fue en Valencia, con motivo de la décimo sexta edición de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc). En la librería Lugar Común se presentó el libro de formato pequeño con las poetas Eleonora Requena y Carmen Verde.
Foto: Gabriela Mesones Rojo
La publicación se originó a partir de un precedente en 2011: Pía Barros y Gabriela Aguilera, Patricia Hidalgo, Susana Sánchez, Silvia Guajardo y Ana Crivelli, escritoras chilenas y miembros del comité editorial de Asterión Ediciones, publicaron ese año el primero de los libros: Basta. Cien mujeres contra la violencia de género, a los que se agregaron posteriormente 150 mujeres contra la violencia de género, Cien hombres contra la violencia de género y Cien cuentos contra el abuso infantil.
A partir de ese momento, y siempre incentivadas por el grupo de las Asterionas, se publicaron las ediciones de Argentina, Bolivia, Colombia, México, Perú y Venezuela y se preparan en otros países de América Latina.
Las compiladoras venezonalas son escritoras que trabajan diversos ámbitos de la literatura. Son experimntadas editoras Kira Kariakin y Viriginia Riquelme; la primera es también poeta y, la segunda, periodista y gestora cultural. Rojo es académica y especialista en microcuentos.

@michiroche

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un refugio para pensar

La cabaña de Heidegger
Cabaña de madera, planta de seis por siete metros, clavada en una ladera. Zona montañosa en la Selva Negra alemana: el lugar que Heidegger buscó y construyó en 1922: allí, por casi cincuenta años, en cortas o largas temporadas, se encerró a escribir: una pequeña casa rural, tosca, concentrada. La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar (Editorial Gustavo Gili, España, 2015) comenta el lugar, ingresa en la pequeña edificación, cuenta su historia, levanta un cuidadoso registro del interior, y se aproxima a la relación del filósofo con el sitio que tuvo a visitantes como Jaspers, Husserl, Hans- Gadamer, Lowith y Celan (la edición incluye fotografías de Digne Meller-Marcovitz y una que Karl Lowith hizo en 1921, donde Husserl y Heidegger conversan al aire libre).
“Todtnauberg” es el nombre de la aldea, ubicada en Baden. A más de mil cien metros por encima del nivel del mar, las estaciones se hacen sentir. Sharr habla de “dramatismo meteorológico”: un punto de Alemania adecuado para un pensador que, a su vez, era un caminante, un competente esquiador y un hombre que no temía a las exigencias del invierno.
La Cabaña en Todtnauberg 
Hasta donde se sabe, a Elfride Heidegger se debe el empuje y el que la cabaña se haya construido. La pareja o la familia iban allí de vacaciones, pero también en cortos períodos: Heidegger, por ejemplo, escribió parte de Ser y tiempo en aquella austera estancia. Allí cortó leña, encendió y velo por el fuego, salió a buscar el agua que acumulaban en un tronco ahuecado. La mesa en la que Heidegger escribía a mano estaba ubicada bajo una ventana, desde donde se puede mirar hacia Los Alpes. Si el filósofo se levantaba de su silla de trabajo, podía mirar hacia el horizonte.
Para Heidegger ese paisaje tenía algo providencial, superior. Adam Sharr, profesor de arquitectura, vuelve a los numerosos textos en los que el filósofo escribió sobre el lugar. “Me voy a la cabaña, y me alegro mucho del aire fuerte de las montañas; a la larga uno se arruina con esta cosa suave y ligera de aquí abajo. Dedicaré ocho días a trabajos con la leña, y luego escribiré de nuevo”. Heidegger era tajante para decir que él no miraba al paisaje, porque él pertenecía al mismo, provenía de allí. No era un esteta ajeno. Más todavía: Su trabajo como pensador estaba inscrito en aquella realidad natural. “Y este trabajo filosófico no discurre como los lejanos estudios sobre algo excéntrico. Permanece justo en medio del trabajo de los campesinos. Cuando el mozo de la granja arrastra su pesado trineo y lo guía, cargado a tope con troncos de haya, hacia abajo en la peligrosa bajada hacia su casa; cuando el pastor, con el pensamiento absorto y el paso lento, lleva su rebaño, ladera arriba; cuando el granjero en su establo prepara las incontables placas de madera para su tejado, mi trabajo es de la misma clase. Está íntimamente enraizado en la vida de los campesinos y relacionado con ella”.


Nelson Rivera
@nelsonriverap


Título Original: Libros: Libros: Adam Sharr
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/



viernes, 23 de octubre de 2015

(Aquel)las veces terminadas

¿Qué es la vida sino un deambular hacia la muerte? ¿No son las etapas, las edades, “las veces” pequeños ensayos para morir? ¿Cuánto dura lo eterno, si lo efímero es menos que una chispa? Como si quisiera asir cada instante del pasado con solo la fuerza del lenguaje, el poemario Las veces de la madrileña Esperanza López Parada se construye sobre la imagen de un pedazo de carbón que arde como alegoría de la transitoriedad de la vida humana, pero que conforme avanza los símbolos de lo femenino en la gruta (o la mina), en el fuego (o el carbón que arde) y en el tejido de la vida (o la sintaxis de la lectura) descubren el recuerdo palpitante de la madre muerta.
Las veces
Por eso las imágenes naturales informan cada estrofa convirtiendo su lectura en una experiencia orgánica. “Igual a una larva escondida en su mortaja / es esto de segregar tu propio encierro / engendra noche desde tu parte más íntima /acumulando sueño comienzas a dormir”, escribe en un poema de la sección marcada como “El último turno”, antes de preguntarse: “¿no hace cada uno su muerte / no la dibuja con la mano vendada? / de repente eres el fantasma de tus hijos”. Esto es la experiencia final de la maternidad: luego del entierro, cuando el vivo se inscribe en el recuerdo, a la madre le corresponde aún velar por los suyos, aunque sea solo para recordarles su brevedad.
Dividido en seis partes, el libro editado por Pre-textos presenta una estructura interesante por identificarse con frases cuyo significado gira alrededor de la idea de momento. Así, “El Primer Tiempo” construye la metáfora del carbón que ha terminado de arder y del que solo quedan cenizas –“¿no es la ceniza la savia conclusa del tiempo?”, se pregunta López Prada–. Con el título “La Malavez” se identifica la segunda parte donde abundan las viñetas de la infancia y aparecen las relaciones más fuertes entre la voz del poema y la mujer que va tomando forma dentro del poemario. Es, por supuesto, la relación entre la madre y la hija. Pero la hija es escritora. La madre, entonces, es el comienzo: la que enseña a leer, la que teje los significados de palabras que queman como el fuego, la lumbre que da combustión a la iluminación: “Ella me enseñaba a leer / en un libro vencido”, es el verso con el que comienza la sección; en el que dice “las palabras se extraen como carbones / costosos, se juntan las letras como / carros, piezas de horizonte que porten una riqueza sentida” se vincula la educación de la madre y el oficio de la hija. Y, finalmente, con la frase donde describe “el dedo que muere”, con el cual “la madre señalaba / la frontera del páramo” queda en evidencia cómo la imagen materna es un tiempo personaje que vive en la muerte de este poemario e imagen de la vida eterna.
En las secciones “Un Golpe Solo” y “El Último Turno” se profundizan las metáforas de la vita brevis: ora porque el final acecha, “para la muerte una leve constancia”, ora porque es irreversible: “nos compra eternidad este cadáver”. En “Todas las Noches”, López Parada varía el motivo de lo efímero de la existencia y se ocupa de cómo la muerte otorga profundidad a quienes la sobreviven. “Los muertos son los que dan sitio, / los que con su corazón a tierra / tiran un eje y clavan una estaca, / los que permiten una ocupación, / tan férrea es su forja, no son ellos / lo que se mira, sino desde donde / miramos, tan rotunda es su fijeza”. Parece que la poeta nacida en 1962 solo concibiera el duelo como estrategia para poner las cosas de la vida en perspectiva.
No solo porque cierra el poemario o porque parece resumir el título de la publicación en la frase “Una y otra vez y otra vez de nuevo”, la última sección es una verdadera conclusión al libro que se pregunta sobre el enigma de la eternidad: “Pero mientras estás callada, eres inviolable. / Eres perfecta, estás entera y custodias / Lo único que posee valor si lo secreto / Se preserva cuando nada divulga ni siquiera / Su cerrada condición de enigma.”
En su obsesión con la manera como el tiempo se quema, este es un poemario sobre la perspectiva que ofrece la muerte de una madre (yo agregaría que también la de un padre) sobre las etapas, las repeticiones y los ciclos de la vida. (este es le comienzo del párrafo final. Por eso, el entierro, el duelo y la aspiración a la eternidad son formas de la urgencia que tejen la sintaxis y las imágenes de cada verso en Las veces… Un lenguaje de la pérdida que subraya la brevedad del tiempo, por más cíclico que se interprete.


@michiroche


jueves, 22 de octubre de 2015

Los golpes y el paisaje

La desaparición del paisajeNovela radical a su manera –la del boliviano Maximiliano Barrientos (1979)— realista y de eficaz tremendismo, cuenta sin ambages las durísimas heridas emocionales de los personajes, especialmente las de su protagonista y narrador, Vitor, por medio de un estilo muy directo, en primera persona, no exento de una sutilísima capacidad poética, que no embellece ni edulcora la narración, sino que produce mayor sensación de crudeza si cabe, calidez de lo emocionalmente demoledor. La voz del narrador resulta honesta y se diría que se trata de una de las virtudes del libro: nos respeta.
La desaparición del paisaje
Vitor regresa a su casa (en Santa Cruz, Bolivia) después de muchos años de ausencia y sin que ni su hermana menor Fabia ni la mujer viuda de su padre, María, sepan nada de él, sólo que desapareció en Estados Unidos y que hace mucho tiempo que no quiere saber de ellos; ni siquiera regresó cuando le avisaron de que su padre había muerto, diez años atrás. El relato comienza justo a la hora de su regreso. Vitor se enfrenta a su pasado: a los recuerdos de una familia que fue feliz hasta que su madre murió de cáncer y su padre se dio a la bebida; a la novia, Laura, a la que amaba y perdió al marcharse y espaciar cada vez más las llamadas para terminar desapareciendo como si se lo hubiese tragado la tierra; a los amigos del colegio, ahora derrotados, se diría que por el mero paso del tiempo sobre sus vidas simples, sin horizonte. Realmente sentimos la angustia de un personaje que parece no saber si será capaz de sobrevivir al peso de un pasado que lo aplasta. Vitor trata de curarse de su propia historia, lo que supone, básicamente, curarse de la familia. Tras un primer instante en el que ni él sabe lo que quiere (huiría), poco a poco parece entender lo que necesita, todo lo contrario: dejar de huir, afrontarlo como buenamente pueda. Recomponer los pedazos de lo que quede para poder seguir adelante.
El resto de personajes quedan bien definidos, emocionalmente, en su trato con Vitor –en lo que este recuerda de estos y en lo que finalmente le dicen en los encuentros que mantiene con ellos—: María, Alejandro, Juan el ex futbolista, Laura, Fabia, su sobrino Colum. También los personajes que ya no están (el padre, la madre), pero estos del modo en que el tiempo los ha acomodado en el recuerdo. No hay un orden cronológico en la sucesión de flashbacks. La estructura no sólo no oculta, sino que enfrenta (aquí la valentía narrativa del narrador parece expresar también la valentía del personaje) tanto lo sucedido en el pasado como lo que ha de suceder en el presente. Las grandes elipsis, a menudo, son especialmente expresivas: a veces el autor interrumpe un capítulo allí donde parece que podría producirse –si siguiéramos una lógica dramatúrgica— lo de especial relevancia. Con todo, el relato avanza de manera episódica, dando tiempo, confiriendo espacio a la vida de los personajes.
Pero lo que nos cuenta, aquello que se encuentra más allá del mero argumento, de los personajes, del tiempo verbal, etc., es de una emoción extraña, literariamente inusual, y de una tristeza que nos vacía. Esto es: cómo después de tal esfuerzo de superación emocional de los viejos conflictos íntimos de infancia y juventud, sin embargo, se trata de una curación para nada, en cierto modo; para vivir unos últimos años de vida como un convaleciente, curado de aquello, arreglado consigo mismo, perdonado después de su perdón a los otros, sereno, viendo pasar el tiempo y, finalmente, viendo pasar los cadáveres de quienes un día constituyeron una culpa que a punto estuvo de arruinarle la vida.
En la última novela de Luis Mateo Díez, La soledad de los perdidos, uno de sus personajes afirma que “Un golpe en la vida es a veces suficiente para que jamás se deje de temblar”. En esta estupenda novela de Maximiliano Barrientos, La desaparición del paisaje, Vitor recibe, no uno, sino varios de esos golpes, y temblamos.


@ NicolasMelini

miércoles, 21 de octubre de 2015

Pensar desde Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935) podría encontrar una aguja en un pajar. Las encuentra, las examina, las memoriza, las guarda y exhibe su brillo cuando escribe. Digo agujas para remitirme a mínimos incidentes, anécdotas de lo variopinto, frases y detalles que a otros pasarían inadvertidos. Más que un lector, un rastreador. Leys escoge una de estas agujas, y ello le basta para escribir estas cautivadoras piezas cortas que publica en La Quinzaine Littéraire y en New York Review of Books. Un curioso de paleta incomparable, donde coinciden escritores y artistas chinos, referencias a culturas de distintas regiones del planeta y autores de la tradición literaria occidental. Un inspirado que toma de aquí y de allá, anuda sus agujas en un pensamiento paradójico, que plasma en breves textos sin desperdicio. Su secreta inquietud: desde dónde pensamos. Cómo pensamos.
La felicidad de los pececillos
La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas (Ediciones Acantilado, España, 2011) nos recuerda que “la ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado es siempre un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral”. Leys se revuelve contra los prejuicios, al tiempo que intenta limpiar el parabrisas con que vemos el mundo.
Pondré algunos ejemplos. En Conocer y desconocer China, Leys desmonta la obra de Francois Jullien, con argumentos demoledores: no le interesa China, sino que se sirve de ella para darle forma a sus propios pensamientos. En El éxito es vulgar expone al crítico norteamericano Edmund Wilson como un gigante hueco. En “Los escritores y el dinero”, serie de tres entregas, defiende una idea contraria a la tesis de la obsesión productiva: nadie debería sentirse obligado a llevar sus fuerzas al límite, de modo de preservar una parte de su vida, de su tiempo, para su propio bienestar. Copio esta anécdota que Leys, a su vez, tomó de las Memorias del compositor ruso, Dmitir Shostakovich: “Un general de Nicolás I tenía una hija; éste se casó con un húsar en contra de la voluntad de su padre. Éste pidió al zar que tomara cartas en el asunto, y Nicolás I promulgó de inmediato dos decretos: el primero anulando el matrimonio y el segundo restableciendo la virginidad de la muchacha” (Leys podría tener una lejana afinidad con Eliot Weinberger, también fascinado por las antípodas; en su libro Algo elemental, publicado por la Editorial Atalanta, el neoyorkino hace algo similar a Leys: reproduce una anécdota paradójica, que André Malraux, a su vez, cuenta de la gata de Sthépane Mallarmé).

Nelson Rivera
@nelsonriverap


Título Original: Libros: Libros: Simon Leys

La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/

miércoles, 14 de octubre de 2015

E. H. Gombrich, más allá del arte

A esa edad en que la experiencia carga de liviandad y peso, a un mismo tiempo, cada palabra; donde asperezas, melindres y prejuicios se vuelven irreconocibles en la conversación; en esa hora de los últimos años, en que el mundo se llena de recuerdos, Didier Eribon entrevistó en Londres al historiador del arte, Ernst Hans Gombrich. Lo que nos cuentan las imágenes (Editorial Elba, España, 2013) debe ser, aunque la edición no hace referencia a ello, el mismo libro que la Editorial Debate publicó en 1992. En este caso, la de Elba incluye un prólogo del crítico J. F. Yvars.
Gombrich nació en Viena en 1909, miembro de una culta familia judía asimilada, gente amiga o relacionada con muchas de las grandes figuras de la Viena de comienzos de siglo. A pesar de su expreso deseo de no ser etiquetado como un típico ejemplar de la inteligencia de Weimar, de la conversación con Eribon queda claro cierta inevitabilidad: que vivía en una atmósfera en la que era inconcebible que las personas no fuesen educadas y no disfrutasen de los bienes del espíritu.
Lo que nos cuentan las imágenes
El intercambio fluye, catalizado por el tino de Eribon, más pensador que periodista. El precoz que recorría Viena asombrado por la belleza de sus edificios; que era testigo del auge del antisemitismo; que experimentó el hambre durante la Gran Guerra; y que leía a Goethe y Schiller en plena adolescencia, se interesa por la ciencia y los minerales, pero también por el manierismo y las artes. Tras el ascenso de Hitler, Gombrich llega a Londres en 1935 y se incorpora al Instituto Warburg, donde le asignan nada menos que la tarea de descifrar y ordenar los papeles de Aby Warburg. Da clases, pasa los días en la biblioteca del British Museum. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, es contratado por la BBC para trabajar como ‘escucha’ de la radio alemana. Elabora reportes y análisis para los aliados (fue Gombrich quien reportó que Hitler había muerto: un minuto más tarde, su notificación llegó a Churchill).
De regreso a su vida de intelectual, la trayectoria de Gombrich resulta indetenible: las sucesivas versiones de La historia de arte animan, incluso a sus adversarios, a calificarlo como el importante crítico de las artes del siglo XX (agotadas las ediciones, Gombrich añadía novedades en la siguiente). Entre 1959 y 1976 dirige el Instituto Warburg. Dicta conferencias. Publica Libros, entre ellos la biografía intelectual de Warburg. Cultiva las amistades de otros hombres extraordinarios como Roman Jacobson y Karl Popper. Participa en debates sobre un amplio temario, en el que destaca el de la psicología de la percepción, una de sus obsesiones. En el capítulo de cierre, Eribon insiste en preguntarle por su método. Responde Gombrich: “sentido común. Es mi único método”.


Nelson Rivera
@nelsonriverap

Identificadores redes sociales:
#MiércolesDeEnsayo; #LibrosDeNelsonRiveraSiriHustvedt; #NelsonRiveraEnColofónRevista

Título Original: Libros: E. H. Gombrich
La primera versión de este artículo se publicó en http://www.el-nacional.com/autores/nelson_rivera/


jueves, 8 de octubre de 2015

Aquella infancia secreta

 Niños que luchan contra monstruos vegetales, caballos que llevan la velocidad del fuego y diminutos patibularios que esperan a hombrecillos aún más pequeños son algunas de las anécdotas de las narraciones breves –e incluso brevísimas– que habitan dentro de El cuerpo secreto de Mariana Torres.
El cuerpo secreto
La mayoría de los personajes de los cuentos son a un tiempo inquietantes y entrañables. Se trata niños que sufren dolores “tan intrínsecos a la vida que llegan a fascinar y sufrirse por partes iguales”, como la niña atrapada dentro de un corsé, el pequeño con un corazón de piedra que lastima a sus amigos y el niño que es un árbol monstruoso de cuya boca salen húmedas flores doradas. Así, sustentado sólidamente en las brumas de las fantasías infantiles, el mundo que construye el conjunto de los treinta y cuatro relatos editado por Páginas de Espuma hará que cada lector recuerde las imágenes con que pasó las mejores horas de su vida durante aquella edad de la utopía perdida que antecedió a la adultez.
“Los niños son tierra formada, levantada, en pleno crecimiento vertical, verde y llano”, escribe la autora en uno de estos cuentos, el titulado “Volver a la tierra”. La afirmación permite descubrir el motivo que palpita debajo de los pequeños personajes: la tierra, la cual no es otra cosa que el más antiguo símbolo de lo maternal, la etapa más primitiva de la humanidad, anterior a las fantasías de la individualidad. Esto no solo es evidente en “Tierra Madre” donde una criatura recibe una “leche blanquísima” de una negra enorme, sino en los niños que se enredan en las copas de los árboles o les gusta hacerlos crecer en sus entrañas. Por eso, los monstruos se transforman en follaje, algunos niños son peras, así como otros trepan por todas partes, incluso por los aires, o se enfrentan con el vacío, desafiándole. Lo mejor de los cuentos del primer libro de esta madrileña nacida en Brasil es que brotan de la tierra: son húmedos y ctónicos, como los campos fértiles.
Las coloridas imágenes trepidantes que se suceden en estas narraciones confirman que la autora se formó en la Escuela de Cine de Madrid, pero no es esto la marca de su estilo. Si lo más interesante de estas historias es su registro simbólico natural y la estructuración de sus temas en tres obsesiones –la perspectiva infantil sobre el dolor, las imágenes acuáticas como contrapartida real y metafórica tanto de los desiertos como de los abismos y la tierra como aliento de la vida y depósito de la muerte– el estilo representa un aspecto que debe notarse, porque navega entre el registro clásico y la forma de la vanguardia. No es una contradicción. A pesar de que están construidos con la economía expresiva de los cuentos modernos –no en balde la autora es profesora en la prestigiosa Escuela de Escritores–, los relatos de Mariana Torres se parecen a los cuentos de los hermanos Grimm y de Charles Perrault, antes de que la pedagogía simplista de Walt Disney los echara a perder.

@miciroche