viernes, 23 de enero de 2015

Iberoamérica unida en el sonido de un mapa de poemas


La edición más reciente de la revista literaria española Poemad (No. 12) es de antología porque presenta una lista de autores de todas partes de la comarca de la Ñ. El criterio de selección se limitó a la búsqueda de los escritores que fueron galardonados por un libro de poemas en 2014. La lista está presentada en forma de Atlas donde además de referirse a los premios y reseñar las nacionalidades, ofrece selecciones de los trabajos premiados, uno de los cuales presenta en formato de audio.
Poemad
“Nuestro idioma contiene infinidad de particularidades tanto estéticas como sociológicas que se ven reflejadas de alguna manera en sus numerosos acentos. No podía faltar, por tanto, un mapa sonoro que nos permitiera saber cómo suena la poesía en el lugar de donde proviene, pues si hay algo que nos hace más humanos que el lenguaje es el hecho de aprehender positivamente la diversidad dentro de lo común”, escribe Beatriz Rodríguez Delgado, una de las directoras de la revista web en el editorial.
Los poetas incluidos son Sergio Altersol (Uruguay), Vadik Barrón (Bolivia), Francisco Hernández y Christian Peña (México), Rodolfo Hinostroza (Perú), Juan Carlos Olivas (Nicaragüa), Tony  Raful (República Dominicana), Jacobo Rauskin (Paraguay), Pedro Enrique Rodríguez (Venezuela) y Ela Urriola (Panamá). También hay poemas de los costarricenses Diana Ávila y Osvaldo Sauma y de los argentinos Tamara Kamenszain y María Negroni, así como también de los colombianos Mario Enrique Eraso Benalcázar y Piedad Bonnett y de los chilenos Reina María Rodríguez y Óscar Hahn. Por España están los galardonados Rafael Guillén, Antonio Hernández y María Victoria Atencia (España).
Además, de todos los rincones de la geografía hispana, amantes de la literatura colaboraron para dar voz a la poesía Raúl Tola (Perú), Jackeline de Barros (Uruguay), Mariano Peyrou (Argentina), Siomara España (Ecuador), Milena Rodríguez (Cuba), Michelle Roche (Venezuela), Rocío Quilis (Costa Rica), Pedro Crenes (Panamá), Jesús Del Valle (Puerto Rico), Vanessa Céspedes (Paraguay), Valeria Canelas (Bolivia), Pedro Aldunate (Chile), Álvaro Ruiz (México), Pablo Reyes (República Dominicana), María Virginia Rodríguez (Colombia) y Leonor Medel (España).

@michiroche


jueves, 22 de enero de 2015

Unos maletines y la realidad de la ficción

Juan Carlos Méndez Guédez comienza su novela más reciente con un párrafo, en el medio de la página en blanco, donde se disculpa por la veracidad de ciertos inventos literarios suyos. Para ello hecha mano de una cita del poeta francés medieval Benoît de Sainte-Maure –“no digo que algo propio no añada”– y pone de una vez en escena lo que para el lector venezolano resulta más evidente en Los maletines: que los hechos ficticios allí relatados “son reales y los hechos reales son ficticios”.
Los Maletines
A medio camino entre la novela negra y la de aventuras, Los Maletines cuenta la historia de Donizetti, un hombre aquejado por las responsabilidades de mantener a dos hijos, lidiar con una esposa y una exesposa y llevar un trabajo mediocre en un periódico del Estado y quien ha aceptado los encargos de trasladar maletines entre Caracas y diversas capitales europeas. Manuel, su amigo del liceo, aparece para ayudarlo a cambiar sus expectativas en la búsqueda de un final feliz.
La primera obra que el autor barquisimetano edita con Siruela presenta un catálogo de ignominias que sumadas representan la tragedia contemporánea de Venezuela, caracterizada por una profunda violencia y una gestión gubernamental que podría percibirse como un complot totalitario contra los ciudadanos.
Un país donde ocurren al año casi veinte mil homicidios y se cuentan unos dieciséis mil secuestros podría declararse en estado de guerra civil, pero en Venezuela estas cifras son apenas una de las aristas de profunda una crisis de valores y una excusa para la manipulación política. Un lugar donde la muerte se ha convertido en “una fuerza natural, una energía espontánea, arrasadora”, la despersonalización del individuo y las vejaciones persiguen a sus ciudadanos hasta después de la muerte, como en la terrible descripción que hace Méndez Guédez de la morgue, donde debido al trabajo acumulado las camillas están “dobladas bajo el peso de cadáveres colocados unos encima de otros” y los cuerpos están “tirados en el suelo en posturas irreales: brazos extendidos, bocas abiertas en las que asomaban lenguas color morcilla”.
Los Maletines puede leerse como una intriga policial sobre un país donde están en el mismo lado de la ecuación tanto los policías como los malandros. Por eso parece desesperanzadora la perspectiva de Donizetti cuando, sintiéndose asediado por poderes invisibles piensa en qué fácil sería que lo mataran: “Tu serías uno más. Otro más. Un lugar en el que matan a diecinueve mil personas cada año no es el lugar donde hay que ocultar una muerte. De hecho, ahora miso, lo sospechoso en Venezuela es estar vivo”.
La reflexión lleva a una más profunda, una que atraviesa las 386 páginas del volumen: la idea de que todos los venezolanos se sienten culpables de la precaria situación en la que viven. “Venezuela era, desde su remoto nacimiento cualquier áspero día de 1777”, escribe Mendez Guédez apenas en las primeras páginas del libro: “un país de culpables: quien no había hecho alguna trastada estaba a punto de cometerla”.
Pero si solo fuera un retrato de la crisis política de su país, el valor literario de Los Maletines fuera escaso. El aspecto más interesante de esta obra es su protagonista, comparable a otros personajes suyos que hacen de la mediocridad la única arma para defenderse de un entorno hostil –como los canallas de Chulapos Mambo (2012)– . Donizetti –cuyo nombre viene de la confusión de su padre que pensó que la ópera Tosca la había compuesto este músico y no Puccini– es un hombre gris a quien nadie toma en serio, quien tiene un “andar de elefante enfermo” y “ojos cansados, igual que si tuviese los párpados llenos de lodo”. Donizetti representa un personaje propio de la cultura de Venezuela, coloquialmente identificado como “huevón”: un hombre fácil de manejar, sin iniciativa ni grandes aspiraciones, que siempre pasa desapercibido. Este arquetipo se contrapone al del vivo –el heredero del pícaro iberoamericano– al cual se celebra como a la condensación del ingenio para adaptarse a todas las situaciones y sacar provecho de ellas a costa de cualquier situación o persona. Así, cuando Méndez Guédez concibe a Donizetti –el propio huevón, como se diría en Venezuela, como un redentor, convierte a Los Maletines en una estrategia para la catarsis del lector –o si quiera del lector venezolano, que frente al poder se siente como un tonto, un huevón– donde los hechos reales que son ficticios de la novela se acomodan para obtener un final feliz o, por lo menos, una resolución honrosa. Y eso es mucho más de lo que puede decirse, por desgracia, de la realidad venezolana.

@michiroche

martes, 20 de enero de 2015

Rodrigo Fresán: “No me siento particularmente argentino”


Como el personaje principal de su más reciente novela, La parte inventada, quien reflexiona largamente sobre qué significa ser escritor, Rodrigo Fresán no puede separar su vida de la literatura, porque desde que tiene memoria su mayor aspiración fue ser lector: a los cuatro años ya contaba las horas para entrar a primer grado para descubrir qué encerraban las tapas del los libros. “De hecho, ya leía algo, porque mis padres eran un matrimonio clase media intelectual de los años sesenta. Tenían muchos libros y ya yo, por ejemplo, veía el logotipo de Coca-Cola y sabía qué decía allí”, cuenta el autor nacido en 1963.
Rodrigo Fresán
Cortesía FIL Guadalajara/ Marte Merlos 
La escritura vino luego, con el tiempo. Primero tuvo que dejar Argentina para mudarse a Venezuela, porque su padre era incómodo para la dictadura. Después volvió a su país y publicó en 1991 su primer libro de cuentos, Historia Argentina que Anagrama reeditó en 2009. En 1998 vino La velocidad de las cosas con la cual se dio a conocer, cuando la prensa de su país la declaró una de las mejores novelas publicadas ese año. Luego se mudó a España y aunque es uno de los autores argentinos referenciales de su generación, no se considera particularmente argentino.
Debe ser el exilio providencial de los escritores, ese que los acompaña aunque nunca dejen su país.
Así llegó Fresán a la escritura y también llegó su obsesión a la reflexión sobre la literatura.

– En tus libros reflexionas una y otra vez sobre la imagen del escritor y el significado de su oficio, pero en La parte inventada haces algo más: deshacer la imagen heredada de la tradición del escritor romántico, esta voz autoral que dicta cómo es el mundo y presentas un personaje más horizontal que toma de lo literario, pero también de lo pop.
– La tradición es lo que está forzado. Creo que todos los escritores son pop desde siempre y son también polimorfos y perversos. No es un fenómeno que empiece conmigo o con mi generación. Ni si quiera con J. D. Sallinger o con Scott Fitzgerald que están todo el tiempo imbuidos de esquirlas pop. Lees una novela de Jane Austen y ella se detiene a describir un baile de salón y el modo en que se relaciona la gente. No hay ninguna diferencia entre eso o poner el título de una canción de rock o citarla en el contexto de una novela o cuento. Ella está siendo tan pop como yo. No me interesan los escritores aleccionadores o portadores de una verdad superior, prefiero al que está tratando de contar una historia y que tampoco tiene todas las certezas. Los que se sientan a escribir con todo claro me producen una gran admiración pero me parecen aburridos. Cuando escribo no quiero perder mi condición de lector y me gusta preguntarme sobre mi mismo y sobre qué va a pasar a continuación.

– ¿Qué te hace sentarte a escribir una historia?
– No tengo ni si quiera certezas genéricas. La percepción que tengo de mi obra es que los diferentes libros son ambientes de una casa de la cual no tengo clara la planta y voy prendiendo y apagando luces y abriendo y cerrando puertas. Está todo integrado pero no veo la totalidad del mapa y posiblemente no lo veré nunca.

– Como alguien que disfruta y está influenciado por la literatura estadounidense,  ¿cuál crees que es el gran aporte de esa tradición a Latinoamérica?
– La literatura anglosajona conecta con la argentina. Tiene otro grado de potencia y de difusión y es más poderosa, pero me hace pensar en el ensayo “El escritor argentino y la tradición”. Allí Jorge Luis Borges dice que puesto que tenemos que vivir con la fatalidad de ser argentinos, debemos consolarnos pensando que nuestro tema es el universo. Esto nos acerca los norteamericanos, que parten de lo propio pero no tienen muchos límites, pero separa a la argentina del resto de la literatura latinoamericana. No me siento particularmente argentino: me fui muy joven de ese país, leo mas literatura norteamericana, vivo en España y estoy casado con una mexicana, así que mis vínculos con la cultura argentina son meramente literarios. Pero tampoco he conocido nunca a nadie que diga: ‘Quiero escribir la gran novela argentina’. El género rey en ese país es el cuento y el escritor rey, un cuentista. la tradición argentina está apoyada sobre buenos lectores y en las ficciones del país siempre hay cuentos o novelas sobre escritores, hay libros, alguien está leyendo o alguien encuentra un manuscrito extraño. Mientras las raíces del resto de la literatura latinoamericana están hundidas en la tierra, las de Argentina están hundidas en la pared de la biblioteca. Me parece que eso la conecta también directamente con la norteamericana.

– La tradición cultural de tu país también está marcada por el género fantástico.
– La literatura argentina es la única en Latinoamérica, y posiblemente en el mundo, en la cual todos sus grandes escritores canónicos se han conectado a lo fantástico. Eso parte de una necesidad de irte o de inventarte una realidad alterna poblada por máquinas o por  fantasmas. Tampoco me parece casual que el cuento sea el género rey en Argentina, porque su historia es convulsa y de ciclos cortos, cada vez más cortos, como para generar una trama novelística y pertenecen más bien al mundo del cuento. Miremos por ejemplo su historia política y deportiva: hay tres Perones. El primero, el Perón con Evita y también hay uno que vivió en el exilio. Hay varios Maradonas, varios gobiernos militares. Hay tres Carlos Saúl Menem y varias Cristinas Fernández de Kirchner. Son personajes de cuentos.

– Entre los autores clásicos de su país rescata la literatura de Casares.
– Para mi es mejor que Borges. He tenido problemas por esa afirmación, pero es así. Leí La invención de Morel por primera vez en Venezuela, en la edición de Alianza y hay una cosa que me sorprendió fue ese toque que Bioy lo pone como algo exótico del, personaje que termina recordando el himno nacional venezolano y eso era lo que yo cantaba todas las mañanas en el colegio y el puso allí como un mecanismo para que causase extrañeza porque nunca sabes de dónde viene el narrador y entonces me pareció muy raro. Primero pensé: al fin un escritor argentino que escribe como a mi me interesa. Y luego pensé: es venezolano el protagonista y yo vivía en Venezuela. Fue una conjunción interesante.

También puede leer la reseña de su novela en La parte inventada

 Michelle Roche Rodríguez
@michiroche