jueves, 26 de febrero de 2015

¿La revancha literaria?

La literatura es mi venganza
La literatura es mi venganza recoge un diálogo entre Claudio Magris y Mario Vargas Llosa que ocurrió el 9 de diciembre del año 2009 en la Biblioteca Nacional de Perú y lo organizó el Instituto Italiano de Cultura de Lima. El académico Renato Poma –quien para la fecha era Agregado Cultural de la Embajada de Italia en Perú y Director del Instituto Italiano de Cultura de Lima– resalta desde el prólogo el tema que ocupará la conversación entre los autores: Cómo el ejercicio literario permite entender la realidad caótica y cómo es la particularidad de quien llamamos escritor, así como su parte irracional (sus sentimientos, por ejemplo), lo que permite que esa experiencia se convierta en un aporte a la cultura.
Aunque no queda muy claro porqué se titula La literatura es mi venganza, entre los temas que se trataron durante el coloquio, que conforman cada uno un capítulo dentro del libro, están las relaciones entre las novelas y sus sociedades, las analogías entre viajar y crear literatura, las relaciones entre la política y la literatura –sección que los editores han titulado con la elusiva frase “el tiempo ‘impuro’”– y una suerte de conclusión genérica con la cual los autores cerraron el evento: “Cultura, sociedad y política”.
Refiriéndose a los vínculos entre la novela, la cultura y la sociedad, el más reciente ganador del Premio de Literatura y Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara señala que es imperativo para los escritores “permanecer leales” a “sus demonios” puesto que éstos configuran su manera de ver al mundo. “En una novela no nos limitamos a juzgar la vida, la narramos con todas sus contradicciones”, dice Magris apostando por la ficción como herramienta para entender el mundo: “Una cosa es escribir un ensayo ético-político sobre la corrupción, otra cosa es narrar la historia de un hombre corrupto, en quien la corrupción se ha convertido en su naturaleza”.
Mientras el también ganador del Premio Príncipe de Asturias (2004) expone un amplio conocimiento de la obra de Vargas Llosa, de quien ha leído la mayoría de sus novelas y algunos libros de ensayo, como Sables y utopías (2009), el ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010 se limita a hablar de Danubio. Se trata, por su puesto, de una de las obras más famosas del italiano, el libro de viajes que tiene lo suyo de novela y de ensayo sobre la situación de Europa, en el cual Magris relata su travesía más cultural que física desde las fuentes del río hasta el Mar Negro atravesando Alemania, Austria, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumania y Bulgaria. A este libro Vargas Llosa le dedica algo más de una página, antes de adentrarse en el tema que más le interesa: el papel del escritor en la sociedad. “Una sociedad impregnada de literatura es más difícil de manipular desde el poder y de someter y engañar porque ese espíritu de desasosiego con el que volvemos después de enfrentarnos a una gran obra literaria crea ciudadanos críticos, independientes, y más libres que quienes no viven esa experiencia”, explica Vargas Llosa, resumiendo lo que ha dicho en otras oportunidades que luego se convirtió en uno de los temas principales de su ensayo La civilización del espectáculo (2012).
El peruano y el italiano coinciden en que la materia prima de la novela es “la totalidad humana”. Vargas Llosa añade que no solo se escribe con la razón, sino con “los fondos oscuros de la personalidad de los que somos vagamente conscientes, que tenemos ahí abajo escondidos y que, a la hora de crear una historia de pronto van como reflotando”. A esta visión el narrador argentino Ernesto Sábato la llamaba “la escritura nocturna” y a esa misma Magris se refirió hace unos meses durante su discurso de aceptación del Premio FIL Guadalajara. Citando un ensayo de Ludwig Wittgenstein, el autor de Trieste señala –en el libro que contiene la conversación en Perú como también lo hizo durante su charla en Guadalajara– que “hay escritores que escriben con la cabeza y escritores que escriben con la mano” aludiendo a quienes completan sus obras a fuerza de explotar “su cabeza racional” o nadando dentro de sus sensaciones.
Una de las intervenciones más interesantes es cuando Magris se refiere a las dos amenazas que sufre el mundo. Una es el miedo de la globalización, “o bien de una suspensión y una nivelación de todas las diversidades, de todas las identidades”; la otra es una reacción: “una regresiva fièvre identitaire, un cierre visceral, agresivo y autodestructivo, en la propia peculiaridad, en la propia diversidad vivida no como realización concreta del universal humano , sino como diversidad absoluta y salvaje”.
La edición de La literatura es mi venganza se hubiera beneficiado de la introducción de algunos ensayos escritos por los mismos autores en otras oportunidades sobre los temas tratados durante la charla, pero así como está el lector se queda con la sensación de un libro incompleto. La publicación, sin embargo, funciona como una buena referencia para quienes quieran repasar qué piensa el autor peruano y qué piensa el italiano sobre el papel que toca jugar a los escritores en la era de la globalización y cómo deben ejecutarlo. Es, en todo caso, una interesante guía de lectura para las obsesiones de ambos maestros de las letras.

@michiroche

jueves, 12 de febrero de 2015

El oficio de Liendo

En torno al oficio de escritor, el más reciente libro de Eduardo Liendo editado por el sello independiente Lugar Común en 2014, está conformado por dos secciones que muestran la agudeza didáctica y creativa del autor nacido en Caracas en 1941. La primera presenta cuatro ensayos que son producto de conferencias dictadas por el autor en diversos encuentros literarios y académicos y la segunda reúne una selección de 17 cuentos, todos pertenecientes a sus mejores colecciones del género, como los libros El cocodrilo rojo (1987) y Contraespejismo (2007). El tema que un su prosa de ficción con la reflexiva es el del oficio de pergeñar palabras sobre el papel para compartirlas con los demás. Entre los cuentos destacan los relatos talla “micro”, como “¿Quién mató a Sherezada?”, sobre el final “real” de la bella contadora de cuentos; el frustrante “La página”, de un escritor que olvida guardar en la computadora su trabajo y “La visita”, sobre lo decepcionante que resulta, a veces, la fulana Musa.
En torno al oficio de escritor
El más extenso de los escritos es el mismo que da título a la obra; se trata de la versión de la conferencia presentada en la Universidad de Colorado, en Boulder el año de 1996, donde describe con detenimiento de qué se trata escribir: desde el sublime reclamo de la misteriosa iluminación –aunque diga que hay escritores, como Miguel Ángel Asturias, que no creen en esta forma de inspiración sino “en las nalgas”– hasta el mundano diez por ciento que cada autor cobra a una editorial –según una convención internacional– por comercializar sus libros. Se refiere además a las voluntades de creación y de estilo a las cuales reconoce como las fuerzas que moldean el carácter de un escritor y señala que eso que llama “el oficio de vivir” es tan importante como la observación, la imaginación y la investigación para la literatura, sea esta de ficción o de no ficción, género cercano al periodismo ya las memorias al cual dedica varias páginas.
Lo mejor de la obra es cuando Liendo habla (escribe) de la lectura. “La literatura se nutre en buena medida de la misma literatura, por tal motivo, para un escritor (o un autor potencial) leer no es nunca un acto completamente gratuito, puesto que en esa obra leída con particular interés puede encontrarse un germen de la propia obra”, dice el también autor de El mago de la máscara de vidrio (1973). Este es el tema de su “Elogio a la lectura”–la primera parte de su texto leído en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo en 2008–, en el cual intenta alejarse de las posiciones tópicas sobre la importancia del desarrollo de esta actividad, especialmente en los niños, para enumerar las ventajas de este proceso cognoscitivo, entre las cuales –además de señalarla como una forma provechosa de usar del tiempo libre– la cita como una buena herramienta para el desarrollo de la mente, de la capacidad de concentración, el enriquecimiento de la imaginación y señala su importancia como fuente de conocimientos de los más diversos tipos.
Tampoco el perfil de este narrador quedó por fuera en el libro. “Soy un escritor en el que confluyen la calle, la cárcel y la biblioteca, lo que me diferencia en algunos aspectos de otros escritores venezolanos que poseen una formación distinta. Creo que la literatura es, afortunadamente, una actividad con aliento universal y un acto esencialmente individual”, escribe también, como memoria de intenciones sus “Reflexiones como narrador”, un texto leído por primera vez en la segunda bienal de Literatura Mariano Picón Salas, en 1993. Allí queda en evidencia que el gran aporte de este libro, además de la profusión de citas que permiten reconocer una constelación de autores que influyeron sobre la obra del creador de Si yo fuera Pedro Infante (1989) es que presenta la entrega de Eduardo Liendo al oficio y arte de la palabra sobre el papel. Por esa razón, En torno al oficio de escritor es una pieza de antología que los amantes de la obra del autor caraqueño no deben dejar de leer y que es obligatoria para los que apenas empiecen a asomarse a su extenso universo temático.
Por cierto que el año pasado, Liendo también publicó la novela que lleva el misterioso y musical título del bolero interpretado por el cantautor cubano César Portillo de La Luz en la década de los años cuarenta, Contigo en la distancia. En el libro publicado por el Grupo Planeta un niño viaja en un autobús que podría llevarlo hacia la muerte, sin saberlo.

Nota: Una versión de esta reseña apareció en el blog de Banesco (http://blog.banesco.com/rse/biblioteca-banesco/resena-el-oficio-de-liendo) 

@michiroche



viernes, 6 de febrero de 2015

Cocinar versos a fuego lento

De la misma manera que Jacqueline Goldberg abordó en Las horas claras la escritura de una novela desde el registro poético, en su libro más reciente escribe un tratado de gastronomía desde la voz lírica. Y el resultado es igual de desconcertante que con la novela sobre una casa construida por Le Corbusier en la primera mitad del siglo XX que se convierte en una alegoría de las angustias de su generación. Si el manuscrito de esta novela que Gustavo Valle tachó de “escurridizo, inaprensible, desafiante” y clasificó como “un libro que es muchos libros” resultó galardonado con el Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en 2012, el Premio de los Libreros, la Medalla Internacional Lucila Palacios y fue finalista del Premio de la Crítica el nuevo libro de la misma autora, que es también un recetario en verso, podría terminar erigiéndose como una de las piezas híbridas más particulares de la literatura contemporánea.
Limones en almíbar
En Limones en almíbar, la autora nacida en Maracaibo en 1966 va mucho más allá del libro de recetas dignificado por la metáfora literaria y explora los territorios de su niñez, la relación de la comida con lo cotidiano e, incluso, el mismo proceso de la digestión, como hace en el identificado como número 15 : “poco perdura su goce/ por sobrar pasa/ en el periplo hacia el esófago/ la epiglotis –goloso vocablo ateneísta–/ forma un repliegue que por instantes represa/ aquello que jamás consentido”.
También lo cotidiano y la banalidad de ciertos encuentros para comer tienen cabida en el volumen, como en el poema número 52 –no tienen títulos las entradas de este libro– donde describe el encuentro de dos mujeres que “no son tan amigas” y que “piden jugos carpaccio pasta” mientras “hablan del tiempo/ no del suyo” y se “entrampan en lo obvio/ trabajo hijos”.
Limones en almíbar se lee de la misma manera que se saborea el tentempié desconocido que un mesonero ofrece en una reunión elegante: con aprehensión primero y con interés al final. Una clave para leerlo la ofrece en la contraportada del poemario el autor y crítico literario Luis Moreno Villamediana, donde se refiere al “común aspecto” de la vinculación entre literatura y cocina que es el fundamento de este libro, cuya práctica “involucra encarar la tradición, la historia personal, la esperanza mínima, hasta el arrasamiento”.
La obra de 69 páginas publicada por Oscar Todmann Editores en su novel colección dedicada al género debe su título a una receta en el libro de Armando Scanonne, texto con el cual han aprendido a cocinar varias generaciones de venezolanos. Por esa razón, Goldberg le dedica a este cocinero (y a Vanessa Rolfini) el poema numerado con el 54, en el cual reconstruye como si fuera un verso la receta que se basa en macerar en azúcar la fruta cítrica: “los limones se laceran por fuera/ hervirán en olla de cobre/ hasta olvidar su historia (…) vendrán siete tazas de agua/ un kilo de azúcar/ fuerte fuego por diez minutos/ luego suave y largo y muy largo”.
La pasión de Goldberg por la gastronomía comenzó cuando escribía notas para la revista Cocina y vino y se cocinó a fuego lento desde los calderos de su niñez. Por eso le gusta leer recetarios como si fueran libros escritos en cualquier otro género literario. “un libro de cocina se lleva a la cama/ se manosea/ abierto sobre el vientre/ se mancha/ se lame/ se le dicen palabras soeces”, escribe al inicio del poema 53, en el que marca el talante sensual con el que se cierra el volumen.
Autora de una sólida obra poética que cuenta con publicaciones desde la década de los años ochenta, Goldberg reunió sus poemarios en el título editado por Equinoccio en 2007, Verbos Predadores. Su poemario anterior a Limones en almíbar es un caleidoscopio de sus obsesiones literarias, como la enfermedad y la muerte y lo publicó en 2011 la Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro y se titula Postales negras.

Nota: Una versión de esta reseña apareció en el blog de Banesco (http://blog.banesco.com/rse/de-interes-2/versos-a-fuego-lento) 

@michiroche



jueves, 5 de febrero de 2015

La juventud y Modiano

En la novela titulada En el café de la juventud perdida de Patrick Modiano, varios personajes intentan entender la vida de Louki, una enigmática joven que frecuenta el café Condé, donde se reunía la fauna intelectual más diversa de la capital de Francia en la década de los años sesenta. La polifonía del libro de 131 páginas incluye la voz de Roland, el amante con quien la chica entabló una relación casual y con quien se quedó a vivir desde una noche cuando decidió no volver más a su casa, ni siquiera para buscar su ropa o documentos. También la del detective que su marido contrató cuando vio que su mujer no regresaba, quien parece identificarse con ella y eso lo hace incapaz de cumplir su cometido. Incluso habla la misma Louki, cuyo verdadero nombre es Jacqueline y es hija de una bailarina del célebre Moulin Rogue, para contribuir en el proceso de tejer el perfil de una mujer, que aparece ante el lector como si de una sombra se tratara.
En el café de la juventud perdida 
No es la primera vez que el Premio Nobel de Literatura 2014 usa el personaje de la mujer-enigma. La protagonista de Dora Brunder es también un misterio. En este libro, publicado en Francia en el año 1997, justo una década antes que En el café de la juventud perdida, la biografía, la literatura negra y el documental se combinan para resultar en una novela híbrida que intenta retratar los años del gobierno de Vichy a través de una joven desaparecida a quien sus padres intentan recuperar. Modiano concibió el argumento cuando en un periódico de 1941 leyó este anuncio: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pulóver Burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Aquello encendió su curiosidad y 40 años después de que se perdiera aquella niña, el autor nacido en 1945, también emprende su búsqueda, ayudado solo por el recorte de periódico y una lista de deportados de París a Auschwitz fechada en septiembre de 1942. A la historia de la vida de la joven, Modiano añade testimonios de los familiares de Bruder y un recuento de la investigación que lo devuelve a la época del paranoico gobierno de Philippe Pétain.
Es en la posguerra francesa y su relación con los traumas heredados por esa sociedad durante los años de administración nazi donde Modiano sitúa no solo sus intereses literarios, sino las grandes preguntas que se hace sobre su época –el misterio que se materializa en sus obras: en los personajes femeninos que construye, en los giros mínimos e inexplicables de sus tramas–; esto lo ha dicho antes a la prensa francesa, que “su motor novelístico” fueron los años que vivió después de finalizado el bachillerato, los mismos del epílogo de la Segunda Guerra Mundial y, además, los de la guerra franco-argelina (1951-1962).
Aunque el motivo de la incógnita conecta a ambos libros, en la novela breve editada por Anagrama, Modiano no escribe sobre la generación que condenó a la joven judía Bruder, sino sobre la que siguió a esta. Sus hijos. Los comensales del café de “la juventud perdida”, a quienes pone bajo una luz cenital desde el principio de la publicación; desde el epígrafe de Guy Debord con el que abre la novela: “A mitad de camino de la verdadera vida, nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida”. Modiano habla aquí de una generación marcada por el derrumbe del mito que sus padres construyeron en la posguerra para protegerlos: el de una nación que resistió a la ocupación nazi. El también ganador del premio Goncourt en 1978 proyecta un mundo ruin y colaboracionista en el cual las víctimas parecen tan culpables de su destino como lo son los victimarios.
Si Dora Bruder habla de los vacíos de la memoria, En el café de la juventud perdida se refiere a otra forma de vacío: aquella del espíritu. Si el pasado se olvida, el presente se vuelve hueco. En este sentido parece revelador que el título del libro que Louki lleva siempre consigo “como accesorio” para posar de intelectual se titule Horizontes perdidos. Esta denominación no parece casual, en especial si se le compara con el que su amante Roland quería escribir, Las zonas neutras. “Tenía ya pensada la primera frase”, dice Roland en la novela: “las zonas neutras tienen, al menos, esta ventaja: no son sino un punto de partida y, antes o después, nos vamos de ellas”. Louki es la “zona neutra” que se percibe como alegoría de una generación cuyo horizonte está perdido. Y es en esa carga simbólica donde se articula la fuerza de la obra de Modiano, porque la suya es una literatura que con algunas pinceladas pinta la Comédie Humaine del siglo pasado: un retrato social que se inició en la zona neutra del gobierno de Vichy y del que los franceses perdieron la referencia. Así, En el café de la juventud representa una interesante síntesis de los temas propios de la obra del autor francés, como son la desintegración de las fronteras morales y la memoria personal como único vínculo con el pasado. Un microcosmos, pues de Patrick Modiano.



@michiroche

martes, 3 de febrero de 2015

Fabio Morábito: “Escribo desde lo imprevisible”

De la misma manera que los antiguos eremitas sintetizaban su amor a Cristo en la purificación del espíritu desde la disciplina y la oración, Fabio Morábito construye su vocación de escritor a partir de lo esencial en la literatura: escribir y editar. El autor mexicano nacido de padres italianos en la ciudad egipcia de Alejandría profesa la literatura con la mística sacrificada de quien acaba de iniciarse en una religión.
Fabio Morábito
Foto: Hebert Camacho (Blog Editorial Eterna Cadencia)
Incluso antes de cumplir 15 años y trasladarse a México, el autor nacido en 1956 supo que sería escritor, porque disfrutaba armando rimas. Lo confirmó de adulto, cuando rechazó el doctorado que pudo asegurarle un buen futuro en la academia mexicana. No contaba entonces con muchos medios de subsistencia y lo lógico hubiera sido optar por lo más fácil. Pero Morábito decidió imponerse un horario que le afirmara que su vocación era el camino, la literatura. De allí a que viera publicado su primer texto pasaron años. Pero desde aquella remota fecha en que tomó la decisión de convertirse en un profesional de las letras, el autor ahora traducido a casi una decena de lenguas se levanta a las 5:00 de la mañana para trabajar en sus libros. “Al principio no fue fácil, mis primeros cuentos eran un fracaso tras otro, porque no encontraba la forma de terminarlos. Y llegó un momento en que quise tirar la toalla y dedicarme solo a la poesía, pero sentía que de hacer eso, la poesía lo resentiría”, recuerda el autor de la novela Emilio,los chistes y la muerte (Anagrama, 2009), única incursión suya en este género.
Es sobre esta experiencia como purista de la literatura, como autor “extranjero” al castellano, y, en especial, como afanoso lector, que se sustentan los 84 ensayos breves de su más reciente libro El idioma materno (Sexto Piso, 2014). La idea surgió de una columna que le propusieron escribir los editores del suplemento “Ñ” de El Clarín de Buenos Aires. Se trataba de una columna de 2.000 ó 2.100 caracteres de tema libre. Y Morábito –siempre propenso al sacrificio– decidió que no podrían ser más que 2.080 caracteres. Desde la primera columna que escribió supo tenía ganas de hacer un libro. “Sin saberlo, me proponía responder a la pregunta de por qué he terminado escribiendo”, dice el poeta galardonado con los premios Carlos Pellicer (1985) y Aguascalientes (1991) de poesía, y añade que aunque este libro es desordenado, “tiene la unidad estilística que otorga la brevedad. En textos tan breves tienes que recurrir, más que a argumentos racionales, que llevan mucho espacio, a asociaciones intuitivas, metafóricas y poéticas, esperando que el lector decida”.

– ¿Cómo ayudó esta forma breve al resto de su escritura?
– Aprendí que siempre puedes quitar algo. Esto no es solo una lección de estética, también lo es de ética. Italo Calvino sentía que editar sus textos era un logro ético, un deber del escritor para ahorrarle al lector la paja.

– ¿Cuáles son sus palabras favoritas en castellano?
– No tengo una ni tampoco hay alguna que rechace. Las palabras son herramientas y el deber de un escritor es no rechazarlas. Quizá porque es un idioma aprehendido, respeto al castellano en su totalidad; o, más bien: me intimida en su totalidad. Otros escritores que también escriben en un idioma aprendido se refieren al estilo como una de sus preocupaciones principales. A lo mejor, en el estilo, cuya apuesta es comenzar desde la distancia, está la costumbre de no vincularme a las palabras.

– ¿En qué género se siente más cómodo? ¿En prosa, en verso?
– Evito esa diatriba al dedicarme a cada uno por temporadas. Cuando estoy escribiendo poesía, solo escribo eso, hasta que termine un libro o hasta que me canse. Y luego paso a la prosa. Todo lo que se me ocurre en una temporada, que puede durar de dos a tres años, pertenece a ese género. Ni siquiera tomo apuntes, aunque se me ocurra una historia para un cuento fuera de su temporada. Nunca he podido mezclar los dos géneros. Cuando estoy trabajando en uno me siento ajeno al otro.

– El género del cuento y el de la poesía confluyen en la necesidad de síntesis.
– Sí, pero hay otra cosa que los une: es difícil prever el siguiente verso en un poema igual ocurre con la siguiente línea en un cuento. Escribo desde lo imprevisible. Mientras que en una novela se sabe qué vendrá, en el cuento no y eso lo acerca a la poesía. Si supiera demasiado de una historia no podría escribirla y en la poesía no hay forma de predecir ni dos versos más adelante: un verso te dicta el siguiente.

Lea la reseña de El idioma materno aquí.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


viernes, 23 de enero de 2015

Iberoamérica unida en el sonido de un mapa de poemas


La edición más reciente de la revista literaria española Poemad (No. 12) es de antología porque presenta una lista de autores de todas partes de la comarca de la Ñ. El criterio de selección se limitó a la búsqueda de los escritores que fueron galardonados por un libro de poemas en 2014. La lista está presentada en forma de Atlas donde además de referirse a los premios y reseñar las nacionalidades, ofrece selecciones de los trabajos premiados, uno de los cuales presenta en formato de audio.
Poemad
“Nuestro idioma contiene infinidad de particularidades tanto estéticas como sociológicas que se ven reflejadas de alguna manera en sus numerosos acentos. No podía faltar, por tanto, un mapa sonoro que nos permitiera saber cómo suena la poesía en el lugar de donde proviene, pues si hay algo que nos hace más humanos que el lenguaje es el hecho de aprehender positivamente la diversidad dentro de lo común”, escribe Beatriz Rodríguez Delgado, una de las directoras de la revista web en el editorial.
Los poetas incluidos son Sergio Altersol (Uruguay), Vadik Barrón (Bolivia), Francisco Hernández y Christian Peña (México), Rodolfo Hinostroza (Perú), Juan Carlos Olivas (Nicaragüa), Tony  Raful (República Dominicana), Jacobo Rauskin (Paraguay), Pedro Enrique Rodríguez (Venezuela) y Ela Urriola (Panamá). También hay poemas de los costarricenses Diana Ávila y Osvaldo Sauma y de los argentinos Tamara Kamenszain y María Negroni, así como también de los colombianos Mario Enrique Eraso Benalcázar y Piedad Bonnett y de los chilenos Reina María Rodríguez y Óscar Hahn. Por España están los galardonados Rafael Guillén, Antonio Hernández y María Victoria Atencia (España).
Además, de todos los rincones de la geografía hispana, amantes de la literatura colaboraron para dar voz a la poesía Raúl Tola (Perú), Jackeline de Barros (Uruguay), Mariano Peyrou (Argentina), Siomara España (Ecuador), Milena Rodríguez (Cuba), Michelle Roche (Venezuela), Rocío Quilis (Costa Rica), Pedro Crenes (Panamá), Jesús Del Valle (Puerto Rico), Vanessa Céspedes (Paraguay), Valeria Canelas (Bolivia), Pedro Aldunate (Chile), Álvaro Ruiz (México), Pablo Reyes (República Dominicana), María Virginia Rodríguez (Colombia) y Leonor Medel (España).

@michiroche


jueves, 22 de enero de 2015

Unos maletines y la realidad de la ficción

Juan Carlos Méndez Guédez comienza su novela más reciente con un párrafo, en el medio de la página en blanco, donde se disculpa por la veracidad de ciertos inventos literarios suyos. Para ello hecha mano de una cita del poeta francés medieval Benoît de Sainte-Maure –“no digo que algo propio no añada”– y pone de una vez en escena lo que para el lector venezolano resulta más evidente en Los maletines: que los hechos ficticios allí relatados “son reales y los hechos reales son ficticios”.
Los Maletines
A medio camino entre la novela negra y la de aventuras, Los Maletines cuenta la historia de Donizetti, un hombre aquejado por las responsabilidades de mantener a dos hijos, lidiar con una esposa y una exesposa y llevar un trabajo mediocre en un periódico del Estado y quien ha aceptado los encargos de trasladar maletines entre Caracas y diversas capitales europeas. Manuel, su amigo del liceo, aparece para ayudarlo a cambiar sus expectativas en la búsqueda de un final feliz.
La primera obra que el autor barquisimetano edita con Siruela presenta un catálogo de ignominias que sumadas representan la tragedia contemporánea de Venezuela, caracterizada por una profunda violencia y una gestión gubernamental que podría percibirse como un complot totalitario contra los ciudadanos.
Un país donde ocurren al año casi veinte mil homicidios y se cuentan unos dieciséis mil secuestros podría declararse en estado de guerra civil, pero en Venezuela estas cifras son apenas una de las aristas de profunda una crisis de valores y una excusa para la manipulación política. Un lugar donde la muerte se ha convertido en “una fuerza natural, una energía espontánea, arrasadora”, la despersonalización del individuo y las vejaciones persiguen a sus ciudadanos hasta después de la muerte, como en la terrible descripción que hace Méndez Guédez de la morgue, donde debido al trabajo acumulado las camillas están “dobladas bajo el peso de cadáveres colocados unos encima de otros” y los cuerpos están “tirados en el suelo en posturas irreales: brazos extendidos, bocas abiertas en las que asomaban lenguas color morcilla”.
Los Maletines puede leerse como una intriga policial sobre un país donde están en el mismo lado de la ecuación tanto los policías como los malandros. Por eso parece desesperanzadora la perspectiva de Donizetti cuando, sintiéndose asediado por poderes invisibles piensa en qué fácil sería que lo mataran: “Tu serías uno más. Otro más. Un lugar en el que matan a diecinueve mil personas cada año no es el lugar donde hay que ocultar una muerte. De hecho, ahora miso, lo sospechoso en Venezuela es estar vivo”.
La reflexión lleva a una más profunda, una que atraviesa las 386 páginas del volumen: la idea de que todos los venezolanos se sienten culpables de la precaria situación en la que viven. “Venezuela era, desde su remoto nacimiento cualquier áspero día de 1777”, escribe Mendez Guédez apenas en las primeras páginas del libro: “un país de culpables: quien no había hecho alguna trastada estaba a punto de cometerla”.
Pero si solo fuera un retrato de la crisis política de su país, el valor literario de Los Maletines fuera escaso. El aspecto más interesante de esta obra es su protagonista, comparable a otros personajes suyos que hacen de la mediocridad la única arma para defenderse de un entorno hostil –como los canallas de Chulapos Mambo (2012)– . Donizetti –cuyo nombre viene de la confusión de su padre que pensó que la ópera Tosca la había compuesto este músico y no Puccini– es un hombre gris a quien nadie toma en serio, quien tiene un “andar de elefante enfermo” y “ojos cansados, igual que si tuviese los párpados llenos de lodo”. Donizetti representa un personaje propio de la cultura de Venezuela, coloquialmente identificado como “huevón”: un hombre fácil de manejar, sin iniciativa ni grandes aspiraciones, que siempre pasa desapercibido. Este arquetipo se contrapone al del vivo –el heredero del pícaro iberoamericano– al cual se celebra como a la condensación del ingenio para adaptarse a todas las situaciones y sacar provecho de ellas a costa de cualquier situación o persona. Así, cuando Méndez Guédez concibe a Donizetti –el propio huevón, como se diría en Venezuela, como un redentor, convierte a Los Maletines en una estrategia para la catarsis del lector –o si quiera del lector venezolano, que frente al poder se siente como un tonto, un huevón– donde los hechos reales que son ficticios de la novela se acomodan para obtener un final feliz o, por lo menos, una resolución honrosa. Y eso es mucho más de lo que puede decirse, por desgracia, de la realidad venezolana.

@michiroche

viernes, 19 de diciembre de 2014

Cruz llora la muerte en El espanto seguro



“No quiero que me repitan que los muertos no pierden la

sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua”.
Federico García Lorca

Decía Vladimir Jankélévitch, que la muerte es una certeza. Esa figura ineludible que nos acompaña se distingue en El espanto seguro, obra de Francisco José Cruz, donde cada texto  refleja el miedo profundo que siente el poeta ante la posibilidad de dejar de existir.
El espanto seguro
Quizá tenía razón Ciorán cuando aseguraba que la muerte se presenta  únicamente a través de esta emoción. El espanto seguro, publicado por la Biblioteca Sibila y la Fundación BBVA  (2010), además de ser el título del libro de Cruz es un verso del poema “Lo fatal” de Rubén Darío: “Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror... / ¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto!”.
Nacido en 1962, Francisco José Cruz es defensor de la métrica y de la tradición del lenguaje poético, él ve a través de su fino oído que le permite componer con maestría versos de destacada musicalidad y además reconocer con rapidez un decasílabo, dodecasílabo o un alejandrino. Este autor originario de Alcalá del Río, Sevilla, fue amigo durante muchos años de Eugenio Montejo. En la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc) del año 2013, donde dictó su primer taller de poesía señaló a los asistentes que él de alguna manera le respondió a Montejo con su versión de “La mesa”: “Si una cosa de las que tiene encima / le dijera que siempre no fue mesa, / que sus patas fueron antes raíces /–aunque las tenga lisas, torneadas–, / lo negaría con todos sus clavos”.
Su poesía es música con sentido, que conmueve, cautiva e invita a desentrañar lo que ama y lo que teme. El génesis de El espanto seguro es una “Canción de cuna”, donde se abrazan la vida y la muerte: “Quizás te acostumbres / a tubos y a pruebas / antes de que a casa / conmigo te vengas. / Duérmete, mi niño, / pero no te mueras”. 
El poeta se presenta como hijo en “Alguna excusa” habla sobre su padre y la muerte que se aproxima y les demuestra que siempre fueron  dos extraños: “fueran los que fueran. Cuando no hubo dudas / de que en meses se nos moría mi madre / y él ya sólo deambulaba por la casa, // yo sabía que buscaba alguna excusa / con tal de hablar conmigo y desahogarse”. La memoria del escritor, emerge como un laberinto en  “Hasta el final”, mostrándonos su sufrimiento, la pérdida de su hermano y la imposibilidad de ayudarlo y  asimismo la dura “Despedida” de sus padres: “Una semana antes de morir mi madre / dejamos a mi padre en el hospital / con anginas de pecho descontroladas. / Ella en su cama, invadida por el cáncer, / y él de pronto ingresado de gravedad / cuando más necesitaba acompañarla.// Los dos sabían – cómo iban a engañarse– / que no volverían a verse jamás / aunque al despedirse lo disimularan”.
La genialidad de este sevillano se manifiesta en la musicalidad de sus versos, si leerlo es un gusto quienes lo hemos escuchado recitar sentimos que su voz es canto y sus poemas flamenco. Una muestra del ritmo que prevalece en sus escritos es  la “Canción de la carne”: “Tus carnes de medio siglo / y las mías de otro medio / mezclan un siglo de carne pletórico deseo / Arrebato irreprimible de grasas músculos nervios / de glándulas inflamadas donde se hunden los dedos”.
Por otra parte, la ceguera de Cruz lo lleva a capturar imágenes con su imaginación y su cuerpo, donde sus manos, dedos, olfato y oído son visor, obturador, diafragma y flash,  que le permiten componer versos que detallan una “Foto a un viejo león” como si estuviese frente a él: “Ya la jaula le queda grande / después de eterno diecinueve / años  entre férreos barrotes / indiferentes. // De sus propias herrumbres reo, / ruge o se queja por su muerte: / sabe que no son los barrotes / los que hoy le duelen”.  La“Vieja foto de estudio” donde aparece de niño o  a describir  “A una tortuga”: “Nunca se sabe / de entre qué piedras /del jardín sales, / pero pareces / piedra sonámbula cuando te mueves”.
Revelando los infortunios de la vida que según él está colmada de sombras  escribe: “Siempre a los otros les caen las desgracias /  –uno de esos tumores, por ejemplo, / que no dan ninguna esperanza–. // Siempre a los otros, mientras yo me dejo / llevar por mis afanes o rutinas / sin preocuparme de mi cuerpo”.
Para luego cerrar con una “Canción de sepultura” que enuncia cómo la existencia desaparece  del cuerpo: “Púdrete, amor mío, / que no hay más remedio, / púdrete sin mí, / que aún no me he muerto. // Púdrete, púdrete / dentro de tu sueño, / púdrete aunque yo / sin ti ya no duermo. // Púdrete, amor mío, / que no hay más remedio, / púdrete, púdrete / hasta el último hueso”.
Cruz nos muestra una obra prodigiosa, íntegra, que  hace visible, su mundo y sus miedos. En cada texto pareciera que podemos  reconocernos en un espejo íntimo y escuchar en la poesía: la  voz de la muerte, la pesadilla, la vejez, la efímera esperanza y llegar a creer  lo que decía Federico García Lorca “más fuerte que la muerte es el amor”.

@DiosceMartínez

lunes, 15 de diciembre de 2014

El ilusioniusmo escapista de M. A. Chávez


Un conejo nos habla: hasta ahí, todo normal.
Porque este libro nos explica el mundo alejándose de este (o, mejor, todo lo contrario). “Soy un conejo libre en el amplio sentido librepensador de la palabra”, se presenta, con ese humor, para concluir al final del capítulo: “Vosotros vivís en este patio. / Y el patio soy yo”.
Conejo ciego en Surinam
Miguel Antonio Chávez dispone un artefacto narrativo tan abierto y libre que el mundo y la literatura se deshacen y semejan la impronta que a menudo percibimos ante una obra de arte moderno, esa combinación de estética cool, espectáculo, “función humorística”, auto boicot de cualquier posibilidad de sentido –o frivolidad o tomadura de pelo duchampiana—, y vacío o, también, al fin y al cabo, nada; aunque, esta sí, una “nada” cargada de sentido, porque refleja extraordinariamente bien el mundo en que vivimos. En muy poco expresa la esencia de nuestro tiempo como no podría hacerlo, de ninguna de las maneras, una obra literaria realista o genérica.
“El conejo” de este autor ecuatoriano, joven nacido en 1979, es la avanzadilla de las emociones, muestra uno de los posibles caminos literarios que tomar, está en vanguardia, tomando ventaja sobre otras literaturas. Cierto que, de algún modo, combina surrealismo, publicidad, dibujo animado, absurdo, distintas poéticas y géneros, pero lo hace para convertir esta novela en “arte”; y se trata de un “arte” que es de una manera que las novelas no suelen serlo.
El resultado del artificio es un cuadro que resulta bello para la imaginación –aunque renunciando a la belleza en sí, como toda obra de arte moderno— y también es bello para el pensamiento. Vendría a ser como una alegoría de Monterroso pasada por Disney y convertida en una instalación de Cildo Meireles; o como Alicia en el País de las Maravillas pintada por Roy Lichtenstein para “decorar” los interiores de un parque tecnológico-astrofísico o la catedral de Notre Dame. Un disparate maravilloso.
Resulta fascinante la libertad creativa con la que opera Miguel Antonio Chávez. Y cómo hace uso de esa libertad (con qué libertad, valga la redundancia). En Conejo ciego en Surinam vamos observando cómo el relato atraviesa pequeñas fases por distintos géneros, del tinte romántico al de espías a la intriga política a la fantasía…, justamente como si, lo suyo, fuese un espectáculo y, también, como si ese espectáculo lo fuera de magia: de ilusionismo y escapismo.
Todos los fans de Javier Tomeo deberían leer este libro.  

@NicolasMelini

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La parte real de Fresán


Si bien el motivo del escritor que se observa a sí mismo y al oficio que realiza se cuela con frecuencia en los libros de Rodrigo Fresán, en el caso de su más reciente novela, La parte inventada, el tema ofrece una excusa inmejorable para un titánico proyecto de 566 páginas de longitud que aspira hacia la obra total, sin extremas grandilocuencias, pero con el ímpetu de pocos trabajos desde el siglo XIX.
La parte inventada
Alternando la infancia de El Escritor con su presente de nostalgias por glorias pasadas, La parte inventada deslava múltiples digresiones en un argumento mínimo donde el protagonista intenta terminar sus memorias, mientras El Chico –que no lo admira realmente pero que también quiere convertirse en escritor para enamorar a La Chica– realiza un documental sobre su vida y obra. A través de la reflexión propuesta por una bella frase en la novela que describe al pasado como “un juguete roto que cada quien arregla a su manera”, Fresán establece un vínculo entre el título de la novela y un símbolo que repite varias veces, el mismo que la editorial Random House ha colocado en la portada. Se trata de un pequeño hombrecito de hojalata con una maleta al que hay que darle cuerda. No me cabe duda que este juguete representa al personaje de la ficción y que la acción de darle cuerda es una metáfora del oficio de escribir, en el cual el autor echa a andar una serie de situaciones e imágenes que permiten descubrir desde la fantasía asuntos de la realidad. Incluso, si puede asumirse que el hombrecito/personaje es una alegoría de los seres humanos, también debería hacerse lo propio con el mecanismo que acciona su movimiento, al que podríamos identificarlo con la misma literatura, una herramienta cuyo objetivo es complejizar las experiencias de la vida para que esta deje de percibirse como una truculenta carrera hacia la muerte. Es esta alegoría que Fresán esconde en el centro de la frase con que titula su libro, la parte inventada, “que no es, nunca, la parte mentirosa, sino lo que realmente convierte algo que apenas sucedió en algo como debió haber sucedido”.
Relacionado con la imagen del juguete de cuerda, como la gran magia que opera dentro la mente del autor/demiurgo está el símbolo de las libretas de apuntes de El Escritor –“libretas que (…) le producen el frustrante desasosiego de quien intenta recordar sueños y encontrarles algún sentido”–. En estos cuadernillos, tanto El Escritor como El Chico –cada cual a su manera– reproducen series de falsos comienzos y argumentos inacabados que no solo muestran las obsesiones pertinaces del oficio de las letras sino que sirven como comentario también de la esterilidad de la vida real del personaje y evidencian que este tampoco sirve para desarrollar la vida inventada.
Obra de pretensión totalizante, La parte inventada se fundamenta sobre la misma idea de la escritura como monomanía que inauguró Edgar Allan Poe hace dos siglos gracias a un estilo fragmentado y de constantes divagaciones.
La fragmentación experimental de la novela permite a su argumento saltar entre situaciones, así como también entre el pasado y el presente y de la reflexión íntima a la pública. Un ejemplo de esta se halla en las páginas donde se reproducen en la letra tipo Serif párrafos enteros de los capítulos tomados de las memorias que está pergeñando El Escritor y se mezclan con las ideas y recuerdos –anotados en Times New Roman, como el resto del volúmen– que no figuran en el manuscrito. Esta estrategia permite al lector jugar con la idea de que unos personajes se mueven a placer entre la parte inventada y la vida real.
En cuanto a la materia de las divagaciones, que permiten a Fresán resumir sus propias opiniones sobre la literatura y quienes la ejercen se encuentran de dos tipos: las que se desdoblan sobre el argumento y las preocupaciones artísticas. En las primeras, los recuerdos infantiles se mezclan con la cotidianidad del trabajo de pergeñar ideas sobre papel (o en la pantalla del computador) y, en las segundas, el asunto literario se estudia por medio de reflexiones sobre la banalización del mercado editorial, las ventajas de resemantizar el papel que juegan los autores en sus comunidades y la necesidad de profundizar el espíritu crítico de la sociedad.
Es en estos tres últimos puntos que Fresán se vuelve más prolijo en reflexiones y, con la intención de criticar a la literatura ready-made, el autor nacido en 1963 anota en un pasaje que los editores jóvenes “llevan una vida muy parecida a la de los escritores de los años veinte, de fiesta en fiesta; mientras que los escritores maduros de ahora somos más como los editores de los años veinte, como Maxwell Perkins: de casa al trabajo y del trabajo a casa haciendo el menor ruido posible”. Apenas unas páginas después arremete también contra la sociedad, quejándose de que “la gente lee cada vez menos y, por lo tanto, lee cada vez peor”, antes de clasificar al contemporáneo como lector “silvestre” y colocarlo en contraposición con el (deseable) “lector sofisticado”.
He aquí el detalle: Si el lector, digamos, no quisiera reconocer ningún acierto a la titánica y compleja obra que presenta Fresán, al cerrar el volumen tendría, por lo menos, que aceptar que La parte inventada es un muy buen intento de encajar el ensayo sobre los usos de la literatura con una narración. Por eso es exitosa donde muchos ensayos apocalípticos sobre la lectura se caen, en la forma. Cierto que esta narración se trata de la historia de un escritor que quiere ser todos los escritores pero que termina siendo una versión –mejorada, diría él– de Fresán mismo, pero es que tanto en su concepción como novela como en su vertiente ensayística el libro llama a la reflexión sobre el estamento cultural en el que se mueven los contenidos simbólicos de nuestra época. Si el lector se limitara solo a aceptar esta idea , sospecho que el autor argentino vería cumplido su más crasa intención.

@michiroche