jueves, 14 de mayo de 2015

Memorias en blanco y negro

La novela El metal y la escoria comienza a finales del siglo XIX, cuando Emeterio Celorio salió del pueblo español de Vibaño para “hacer la América” en Ciudad de México. Su nieto, el escritor Gonzalo Celorio usa esta anécdota para indagar en el pasado de la familia de su padre y en esta línea argumental cifra otra, la de su propio pasado reciente: “Conocí a mi abuelo paterno cincuenta y cinco años después de su muerte, la tarde que sepultamos a mi padre”. Este segundo relato avanza desde los primeros recuerdos del autor en el seno de una familia de 12 hijos hasta la vejez, sobre la que parece pesar, irónicamente, una enfermedad que ataca primero a la memoria. “Imaginas que al final acabas por perder tus recuerdos más remotos, en los que cifras tu identidad y a los que te aferras como el exiliado que antes de abandonar el país busca su acta de nacimiento, su certificado de estudios y el retrato de su amada, a la que nunca más volverá a ver”, escribe Celorio casi al final de la novela en la que ha mezclado testimonios de sus hermanos, documentos y fotos de la familia de su padre y retazos de la historia mexicana y española, en un procedimiento parecido al que realizara con el relato de la vida de su madre y sus tías en la novela ambientada en La Habana de mediados del siglo XX. Tres lindas cubanas (2006).
El metal y la escoria
Pero si se tratara solo de un ejercicio de autoficción sería bastante escaso el mérito de esta novela cuyo logro es su entramado narrativo y emotivo entre el pasado remoto y el reciente. A la historia del inmigrante español que pasó de la absoluta miseria a ser el fundador y dueño de un emporio de destilerías se superpone el recuento de la dilapidación que hicieron de esa fortuna sus herederos, los tres hermanos mayores del padre de Gonzalo Celorio, hundidos en vicios como el alcohol, las mujeres y el juego hasta que a cada uno lo alcanzó la muerte, aunque también se sospecha de cierto manejo oscuro de su herencia por el socio de Emeterio, Ricardo del Río. Y con esta línea argumental de aventura y traición se intercala el relato de las vicisitudes de la enorme familia en que se crió el narrador y de la suerte que tuvieron los tres hijos menores de Emeterio, el padre del escritor y sus tres hermanas menores. Una de las anécdotas que da cuenta de la difícil vida familiar del autor es el recuerdo de su inscripción en los boy scouts, para la cual, como su madre no consiguiera una foto suya, lo mandó al grupo con una de su hermano Eduardo, su inmediatamente mayor, en la que aparecía con el pelo al rape porque la tomaron en una época cuando los habían despiojado a todos los chicos, antes de soltarle una frase de brutal sencillez:
“– ¡Pégale esta! (…) Total, todos mis hijos son iguales”.
Y es justamente esa correspondencia con sus hermanos que sus padres siempre auspiciaron lo que permite construir el último y más impactante giro narrativo de El metal y la escoria: el descubrimiento de un narrador sobre el cual podría pesar la sentencia de una enfermedad degenerativa como el Alzheimer, como le ocurriera a su hermano mayor, Benito. “El miedo a peder la memoria te ha llevado a imaginar escenarios futuros escalofriantes”, escribe Gonzalo Celorio: “Y para salir de tu pesadilla, piensas que si escribieras esos espantosos devaneos de tu imaginación y los incorporaras a tu propia novela, quizás podrías conjurar la condición profética que tu angustia les atribuye, porque siempre has creído que la novela, lejos de ser un vaticinio, es un exorcismo. Por eso escribes”.
Aquí que se descubre el motivo que permanecía oculto bajo el entramado de memorias propias y ajenas, quizá el más importante: una batalla eterna contra el olvido, la necesidad de que la novela se convierta también en un artefacto para conjurar la enfermedad porque, aunque se resista a dar respuestas, como llega a escribir en alguna de las 314 páginas del libro editado por Tusquets, son justamente en la búsqueda de esas respuestas en las cuales se le va la vida al narrador.
El metal y la escoria, de esta manera, no se presenta solo como las memorias de una familia rica venida a menos o la supervivencia  de una pobre, sino que vuelve a un tema arquetipal como la lucha del hombre contra sí mismo, contra su propio cuerpo como fuente de sus malestares, representada por la vejez y la falta de memoria. Esta novela es, en otras palabras, las memorias de un hombre –el narrador ficticio que Gonzalo Celorio ha construido– que se está quedando sin memoria.
@michiroche


martes, 12 de mayo de 2015

Manuel Moyano y la “escritura parcial”

“Mi vida puede resumirse en dos frases. Ya he gastado ambas”, escribe Manuel Moyano en su microcuento “Laconismo”, publicado, junto otros 99 de ese género, en el libro Teatro de ceniza, del año 2011.
Lo bueno de esas frases es que no son autobiográficas. La vida de este autor nacido en Córdoba en 1963 son muchas vidas a la vez, puesto que –a pesar de que se graduó en la universidad como ingeniero agrónomo– ejerce con igual desparpajo el oficio del narrador en distancias largas, breves y brevísimas, el sesudo autor de ensayos de corte antropológico y ese, que parece menos divertido, de funcionario del ayuntamiento de Molina de Segura en la sección de cultura.
Manuel Moyano
Cortesía Festival de la Lectura de Chacao
A sus 51 años de edad ha publicado 11 libros –2 novelas, 3 colecciones de relatos, otra de microrelatos y 5 de ensayos–, pero para Moyano no es suficiente: se asume como un escritor parcial. Y eso que quedó como finalista en el más reciente Premio Herralde con su segunda novela, El imperio de Yegorov. La obra está compuesta de varios textos en los cuales una expedición de antropólogos a Oceanía hace más de medio siglo abre paso a una intriga de aventuras y espionaje contada por entradas de un diario, recortes de periódicos e informes oficiales. “La antropología siempre me ha impresionado, puesto que me gusta observar las diversidades entre culturas y, a la vez, las similitudes que pese a todo hay entre todos los hombres. Me interesa descubrir en qué medida la cultura puede modificar el comportamiento”, señala el autor de El experimento de Wolberg (2008).

La plenitud de lo parcial. Es interesante que Moyano se describa como autor “parcial”, que no “vive de escribir”, puesto que no puede decirse que sea un autor a medias ni improvisado. Además del reconocimiento de Anagrama, ganó un reconocimiento con su primera obra de narrativa extensa, La coartada del diablo, el Premio Tristana de Novela Fantástica (2006) y el premio Tigre Juan a la mejor primera obra narrativa en 2001, cuando casi llegaba a los 30 años, por la colección de relatos El amigo de Kafka. Tampoco puede decirse que descubriera la escritura tarde, porque a los 17 años ya había comenzado con esa costumbre. Entonces leía a Isaac Asimov y Julio Verne y para él escribir era sinónimo de plantear aventuras. “No pensaba en el estilo”, cuenta como quien revela su primer gran hallazgo profesional: “Cien años de soledad fue para mi una novela bisagra, puesto que pasé de solo interesarme en qué se contaba en los libros a interesarme por la manera en que se escribe”. Allí comenzó un deslumbramiento con los hispanoamericanos que lo llevó a conocer autores como Mario Vargas Llosa, Julio Garmendia, Carlos Fuentes, Bioy Casares, Mario Benedetti, entre otros: “Entonces me planteé escribir como una forma de arte, pero aún así, desde ese momento hasta que publiqué mi primer libro, todavía pasaron 17 años”.
Si Moyano dice que es un escritor parcial es por su humildad: no vive de escribir para no tener que administrar elogios ni preocuparse mucho por cualquier cosa que no sea el disfrute de la escritura. Por eso el mercado no ensombrece la bella fantasía de originalidad y mesura que es el rasgo de sus cuentos, tanto en los breves como en los brevísimos –a los cuales, por su intensidad, asume como las obras narrativas más próximas a la poesía.

El paseo sobre un meteoro. En Molino de Segura, la ciudad de unos 60.000 habitantes al sureste de España, donde vive Moyano, cayó en 1858 un meteorito en cuyos efluvios los promotores culturales de la región han querido ver el origen de cierta ebullición de escritores nacidos o residenciados en esa cuidad cercana a Murcia, a pesar de que más allá de ser coetáneos no exista un ethos ni inquietudes comunes entre ellos. Para honrar esta feliz casualidad literaria, hace casi un lustro se inauguró el Paseo de las Letras en el Parque de la Compañía, con una decena de placas al estilo Hollywood –pero que en lugar de estrellas tienen un asteroide dibujado– dedicadas a los autores más célebres de la localidad; los nacidos en Molina de Segura, como Lola López Mondéjar (1958), Paco López Mengual (1962) y Lorena Moreno (1992), y los residenciados allí, como Elías Meana (Salamanca, 1946),  Pablo de Aguilar González (Albacete, 1963), Rubén Castillo Gallego (Blanca, 1966), Jerónimo Tristante (Murcia, 1969), Marta Zafrilla (Murcia, 1982) y el fallecido Salvador García Aguilar (Rojales, 1924 – Molina de Segura, 2005). Moyano mismo pertenece a este grupo. “Hay una cierta desproporción entre el número de habitantes y la ebullición literaria del lugar”, bromea y añade que cuando les visitan escritores reconocidos –Almudena Grandes, Juan José Millas o Fernando Savater– el ayuntamiento tiene la costumbre de investirlos de asteroides honorarios.
Como en el caso de El principito, que tiene su propio planeta y que mira desde este lo más bonito de la tierra, Moyano tiene su propio asteroide desde el cual mira la literatura. Y, quizá, en esas dos opciones sí que le gustaría completar su escritura.

@michiroche

viernes, 8 de mayo de 2015

Cuentos en círculos

El libro más reciente de Federico Vegas reúne 14 cuentos donde el autor vuelve sobre su mundo familiar: allí están los amigos, las reuniones sociales, los amores fortuitos, así como también su manía de multiplicar los personajes con su nombre, no se sabe si con el objeto de lograr la credibilidad del lector o debido a una comprensión literal de la narración en primera persona.
Nostalgia esférica
A pesar de su título, el grueso de Nostalgia esférica, tiene poco que ver con el “deseo doloroso de regresar a casa”, que es la definición de nostalgia. A excepción de “Somerville”, en el cual un escritor sale del país con su esposa y sus hijos con el objeto de terminar una novela que le había prometido a una editorial, y en el cual su “familia estaba apegada a Caracas con la fiera espiritualidad de los héroes jóvenes y bellos”, los relatos del libro giran, más bien, alrededor de los viajes, las estancias cortas y algunos recuerdos del pasado. Y eso que una de las mejores reflexiones del libro se encuentra en la introducción, refiriéndose a las dimensiones de la nostalgia: “A los venezolanos la nostalgia se nos ha tornado esférica: sentimos tanto el dolor de querer marcharnos como el de querer volver y el de haber vuelto”. Preciosa y, tristemente, real esta frase.
Es imprecisa, también, la relación entre la idea de evitar la nostalgia, para “sentirnos menos amputados”, como promete el también autor de Falke (2005) en el prólogo con la historia del hombre que se quema una mano, de otro que viaja a un campamento de gorditos para perseguir a una mujer de la que se ha enamorado, o la de un joven que resuelve de manera fortuita el embrollo sentimental de la hermana de su novia, así como tampoco en el caso de un adolescente que estudia en New Hampton School y comienza sus incursiones amorosas en las vacaciones cuando visitaba a su abuela en Caracas. Menos claro queda la enunciación del “angustioso deseo de retornar al terruño” en la narración de la enfermedad y la muerte del padre mientras un escritor se retira a Barcelona para terminar una novela que titula “Un suspiro de mantequilla”, la de un primo que viene de visita de Europa un año nuevo en “La embestida” o la de un hijo que cuida a su padre en la clínica titulada “El astrónomo”.
Resulta claro que el libro está atravesado por la muerte del padre, debido a la cantidad de veces que se repite este motivo, bien sea como elemento que desencadena un relato, como centro del mismo o como detalle anecdótico. He allí una forma de nostalgia acaso más “esférica”: la reorganización completa del mundo íntimo que supone perder al progenitor.
Lo que sí resulta evidente en la decena y media de narraciones en Nostalgia esférica es la revelación de “ciertos mitos, vacíos y eslabones perdidos en la comprensión de nuestro tiempo” con el objeto de entender “qué podemos ser”. He allí la fortaleza de la escritura del autor nacido en 1950, la descripción del universo apegado a las tradiciones de las familias mantuanas de Caracas, que se mantiene en el tiempo, aunque sea solo sostenido por la memoria, a pesar de la erosiones sufridas en los más de 15 años de revolución bolivariana.

Redondas reflexiones. La literatura de Vegas está construida a partir del enunciado de frases categóricas, que abundan tanto en sus novelas como en sus cuentos. Nostalgia esférica no es la excepción. Hay reflexiones exitosas en la forma como definen el ethos nacional como esas con las que describe la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958: “El dictador salió huyendo y hubo más muertos en la celebración que durante el derrocamiento”. Otras sobrecogen por la profundidad de los sentimientos expresados con sencillez. “Llega un momento en que la vida comienza a consumirse como una llama que no calienta y la fuerza de nuestros sentimientos no pueden darle ya sentido a esa consumición, a ese incendio que se torna puro espectáculo”, escribe en “El entierro”, donde la muerte de un galgo del Canódromo de Porlamar, convertido en perro callejero cuando cerró el establecimiento, revuelve los sentimientos de pérdida de una mujer.
Sin embargo, hay otras oraciones aquí que dejarán perplejo al lector por su talante tautológico. Tal es el ejemplo de la reflexión que puede leerse en el relato de un hombre que después de años vuelve a la arepera La Frontera que frecuentaba en uno de sus primeros trabajos en “La corte de Solimán”: “No hay nada más diferente a un hombre que una mujer, y nada más parecido a una mujer que un hombre”. Otra por el estilo es “mi madre decía que cuando una mujer se enamora de un cojo o un pintor es imposible sacárselo de la cabeza”, que puede leerse en “El Balcón”, la historia de un hombre que se enreda con la mujer de un pintor. Pero lo que parece interesantes es que estas frases siempre terminan neutralizándose por otras que apelan a la estética, como el caso de la descripción que hace en “Choroní” de una mujer: “Le faltaba inspiración, le sobraba melancolía y creo que sufría de esa cobarde prudencia que llamamos sensatez”.
Y la frase viene a cuento porque así se presentan los relatos de este libro: les falta expatriación, les sobra tristeza y creo que sufren de esa tranquilizadora sencillez que denominamos estilo.

@michiroche


martes, 5 de mayo de 2015

Anelio Rodríguez: “Soy una especie de tejedor”

La simpatía del canario Anelio Rodríguez demuestra que el gentilicio es un accidente geográfico. Sentado en el lobby del hotel CCCT, el escritor nacido en Santa Cruz de La Palma en 1963 gesticula a brazos abiertos, se ríe con los ojos entornados hacia el cielo raso que cubre el espacio y bromea con los mesoneros que lo atienden. “¿Yo debo parecerles un venezolano que se viste raro, verdad? ¡Es que los canarios y los venezolanos somos iguales!”, dice con la boca hecha una sonrisa.
Anelio Rodríguez
Cortesía Festival de la Lectura de Chacao
En efecto.
Si no fuera por el dejo nasal de algunas vocales y cierta ausencia de las “eses” en lugares distintos a la usanza caribeña, el ganador de los premios “Ciudad de Santa Cruz de Tenerife” –con Ocho relatos y un diálogo, en 1992– y el “Tiflos”, convocado por la ONCE –en 2004, con El perro y los demás– podría pasar por un venezolano. Y bien que le gustaría porque en Caracas, dice, se siente como en su casa.
“Un placer que asocio con la lectura es la amistad”, explica el autor invitado para el VII Festival de la Lectura de Chacao antes de añadir que le gusta cultivar las relaciones con otros compañeros de profesión; quizá como una manera de encontrar compañía en el oficio de las letras, marcado por un pacto con la soledad. Por eso ha traído desde su isla de ultramar libros para Silda Cordoliani y José Balza, así como tabacos para Igor Barreto.

El escritor fantasma. A Rodríguez le gusta decir que es un escritor fantasma. Esto se debe a que vive en la isla más chiquita del archipiélago de Las Canarias, a que sus libros se han agotado sin perspectiva de reposición –bien porque las editoriales que los publicaron ya no existen o porque no tienen interés en hacerlo– y, principalmente, porque tiene cinco libros inéditos.
Narrador de las distancias cortas, como el microcuento, el relato y la novela breve y autor de ensayos de género filológico e historiográfico, así como también de artículos de opinión, el trabajo de Rodríguez puede leerse en diversas antologías de narradores, como L’oceano, la chitarra e i vulcani (1995), Los mejores relatos canarios del siglo XX (2005), Cuentos de la Atlántida (2005) y Generación 21: nuevos novelistas canarios (2011). “Reconozco que tengo facilidad para los textos breves, pero creo que con los años me he ido especializando en el relato corto”, señala el autor traducido al italiano, al alemán, al francés y al portugués: “Es muy difícil dominar este género. A veces escribo relatos que parten de una imagen muy nítida, pero hay otras las que mis obras parten de una idea o un concepto. Hay veces en que tengo los cuentos en la cabeza completamente estructurados. Soy una especie de tejedor. Cuando me siento a escribir lo hago como el que está trabajando en un tapiz: intento que una frase lleve indefectiblemente a otra, para que al final no sobre ni falte nada. Este es un trabajo agotador e ingrato. Por eso, con los años, me he ido volviendo muy autoexigente”.
A pesar de que comenzó a asomarse a las letras a través de la poesía, género al cual en un principio se arrojó con el ímpetu de la juventud que lo inspiraba, una amiga suya, Elsa López, escritora y fundadora de Ediciones La Palma, le aconsejó incursionar en la narrativa. Y fue así como escribió “de un tirón”, en unos meses, las dos decenas de relatos que integran su primer libro en este género, La Habana y otros relatos, estructurado como una serie de monólogos basados en la oralidad canaria.
Durante una década, entre 1995 y 2005, Rodríguez de dirigió la revista La fábrica (Miscelánea de arte y literatura), que dio a conocer en toda España a autores y artistas canarios. Hoy en día se dedica únicamente a dar clases y a escribir; por la mañana una actividad, por la tarde, la otra. “El profesor educa al escritor para que sea humilde, para que escuche las voces que suenan alrededor, para que sea flexible ante el prodigio que es la realidad de la vida y, lo más importante, para que no pierda nunca la capacidad de asombro. Por el otro lado, el escritor al profesor le enseña a ser constante, a ser fiel a sus ideas, a tener paciencia”, señala Rodríguez que versa en la paciencia y en la humildad su oficio de escritor, sin estridencias ni falsos laureles. Así vive feliz, dice, como un espectro que solo se materializa en los momentos necesarios: en los momentos que sean pura literatura.

 @michiroche

miércoles, 29 de abril de 2015

Perdurar por un instante

Luis Yslas ha traicionado su naturaleza de lector: ha cometido un libro. Y con qué gusto uno lo observa lamentarse en la centena de aforismos que integran A la brevedad posible. Ojala ese fuera el carácter de todos los crímenes literarios.
A la brevedad posible
Las sentencias breves que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española definen al aforismo y que se proponen “como regla en alguna ciencia o arte”, toman en esta edición hecha por Libros del Fuego el cariz de un dilatado elogio al lector o, lo que es bastante similar, a la literatura, por lo menos en la primera parte, titulada “Estado civil: lector”. El autor, quien es el sujeto de la segunda parte de la obra, “Apuntes de escritura”, no sale tan bien parado. Si hay algo que no perdona Yslas, cuya discreción es una huella de identidad y la perspicacia es el sello de su intelecto, son las palabras de más. Peor le resultan estas si no se las lleva el aire y quedan sobre la hoja de papel. Por eso requiere de los escritores una pertinencia absoluta –“más valdría pensar lo que se escribe que escribir lo que se piensa”– y de los lectores exige juicios implacables –“que todos lean lo que quieran; cada cual quiere lo que puede”.
El aforismo en este venezolano nacido en Perú no solo es un género de la escritura, es aquella manera de expresión que, según su propia convicción, mejor sintetiza su experiencia vital. Por eso en A la brevedad posible, como en pocos libros, se juntan la forma y el fondo: su desarrollo, proposición a proposición, es una defensa de la literatura –construida desde la buena lectura y la mejor escritura– en contra de los ejercicios de pedantería intelectual o de otras formas de distracción letrada.
El aliento de esa experiencia vital queda en evidencia desde la dedicatoria y el prefacio de la obra donde tanto la lectura como la brevedad se convierten en asuntos familiares. En una de las dos secciones del prefacio, por ejemplo, Yslas refiere cómo la relación amorosa de sus padres comenzó a partir de la lectura de la novela Los miserables de Víctor Hugo, lo cual lo coloca a él y su hermana en deuda con el romanticismo decimonónico –“cuando me preguntan por los libros que me han hecho lector”, escribe: “respondo que yo provengo de esa comprobación de lectura”. Con este texto, ofrecido como tributo al amor familiar, acaso el único que puede sentirse por la literatura, Yslas materializa la relación sentimental con las palabras que según el periodista español Alex Grijelmo todos los seres humanos tenemos. Y la relación que el también editor del sello independiente de Libros Lugar Común tiene con las palabras se cifra en las letras garrapateadas en tomos del pasado y del presente y es una que invita a la moderación de las relaciones sentimentales de larga data y para quien incluso idealizar la brevedad “es un exceso”.
Si se considera al aforismo como una declaración corta que pretende expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada o, como escribe Yslas, “una herida que se cree bala”, las palabras solo perduran si concentran un sentido capaz de estremecer alguna fibra de nuestra mente. En “la ciudad del énfasis, [donde] todo conspira contra la modestia”, la capacidad de expresar lo exacto es una forma de resistencia: donde hay escasez de todo menos de palabras, revolucionario es quedarse callado y deseable es lo justo.

@michiroche

martes, 28 de abril de 2015

Liendo: La novela lo fagocita todo

Eduardo Liendo está de homenajes; no solo su obra será el eje central del séptimo Festival de la Lectura de Chacao, sino que, en el marco de este evento, se le impondrá también la orden que el municipio dedica al folclorista y poeta Juan Liscano.
Eduardo Liendo
Cortesía Festival de la Lectura
El primer contacto que el autor de El mago de la cara de vidrio (1975) tuvo con Liscano fue por teléfono, en el año 1985, cuando este lo llamó para felicitarlo por su novela Los platos del diablo. “No hay palabra inútil. Todo lo escrito constituye cuerpo vivo, tenso, en acción, sin laxitudes ni descansos vacuos”, declaró Liscano en la reseña que apareció en el cuerpo C de El Nacional. La sorpresa del autor formado en el Instituto de Ciencias Sociales de Moscú fue mayúscula, por la llamada y por la recomendación. “Nosotros no teníamos amistad”, recuerda: “y en esa época hasta diferencias ideológicas nos separaban, porque yo venía de la izquierda guerrillera y él era un hombre de la derecha progresista. Pero esa no era la diferencia importante: él era un escritor consagrado y yo todavía estaba abriéndome paso”.

Escuela y cárcel. En “Reflexiones como narrador”, un texto escrito en 1993 para la segunda bienal de Literatura Mariano Picón Salas, Liendo se define como un escritor “en el que confluyen la calle, la cárcel y la biblioteca” y añade que eso lo diferencia de otros escritores venezolanos: “Creo que la literatura es, afortunadamente, una actividad con aliento universal y un acto esencialmente individual”.
Como ocurrió con el político y periodista Teodoro Petkoff, cuya formación intelectual ocurrió en la cárcel, con las lecturas que hacía, lo que Liendo leyó en los años de la lucha guerrillera fue fundamental para su carrera literaria.
Después de los años de prisión y de exilio, Liendo lo apostó por El mago de la cara de vidrio (1975), novela que lo catapultó a la fama al despertar el interés del público juvenil. “Yo quería ser escritor, pero aún no tenía ninguna trayectoria. Entonces escribí ese libro y aunque tenía confianza en mi trabajo literario, como no tenía experiencia narrativa no esperaba un logro particular”, explica el autor cuyo libro favorito es El libo estepario de Herman Hesse, que también leyó en prisión, a los 21 años, convenciéndose de que “le hombre es un ser multifacético”. Tan reciente era su vocación literaria que los primeros lectores de El mago de la cara de vidrio fueron dos miembros del Partido Comunista: Rodrigo Mora y Pompeyo Márquez.
En el libro que alterna crítica y parodia, un profesor de bachillerato se enfrenta a la televisión, a la cual asume como a un intruso que intenta dominar la vida de su familia. “Después de leer El Quijote, se me ocurrió que la televisión era una suerte de libro de caballería del siglo XX. Además, en la prisión yo había leído el libro de Antonio Pasquali titulado Comunicación y cultura de masas, que tiene unos capítulos que ilustran bien el fenómeno de la alienación y el del fetichismo de la mercancía. Yo no era un televidente muy asiduo, pero tenía la idea de que ese artefacto podía ser un elemento alienante”, explica antes de añadir que hoy, con la televisión por cable, esto ocurre menos porque el espectador hoy tiene más alternativas.

Quijotadas modernas. Con los homenajes no terminan las buenas noticias para este escritor central de la tradición venezolana; a pesar de la crisis que mantiene constreñido al sector editorial, en clara amenaza al derecho de la bibliodiversidad en el país, Liendo ha apostado por la creatividad y está trabajando, a sus 74 años de edad, con el ímpetu del joven que comienza a asomarse a las letras. Debe ser por eso que su obra causa un efecto en la casi siempre displicente población juvenil.
El año pasado publicó con la editorial Planeta la novela Contigo en la distancia y, con Libros Lugar Común, la colección de ensayos En torno al oficio de escritor. Mientras tanto, amén de fiestas y novedades, el autor caraqueño continúa trabajando con el silencio que necesita la escritura. En estos días trabaja en la revisión del libreto de su primera obra de teatro, una adaptación de su novela breve Mascarada (1978).
“La novela lo fagocita, se lo traga, todo. Allí se utiliza el cuento, la poesía y el ensayo, por ejemplo. Hay escritores especialistas en usar las herramientas que otorgan el resto de los géneros de la literatura, como Enrique Vila-Matas”, explica  a quien le pida que escoja su género literario favorito.

Y he allí que el perfil de Liendo se completa como una analogía de su personaje más célebre, el orate prodigioso, el profesor Cerafino Rodríguez Quiñones, un escritor que lucha contra el tiempo de la crisis y de la escasez con la lanza de su trabajo creativo. Enhorabuena.

@michiroche
Michelle Roche Rodríguez

jueves, 23 de abril de 2015

Breves para la nostalgia



Carl Gustav Jung decía que la decisión de un hombre de hacerse marinero, podía interpretarse como una necesidad de volver a meterse en el vientre de su madre, por cuanto el océano es uno de los símbolos que estructura el arquetipo materno, a través de la imagen de su fondo caótico, su carácter transformador y la inmensidad de su vientre acuoso. Lo mismo que se dice del mar podría decirse también de las imágenes del río y del lago, salvo que en este último caso el agua estancada añade una vertiente simbólica que profundiza en la asociación con el caos. Esta misma metáfora acuosa articula los significados del cuento “El conde” con el cual se abre el libro de relatos de Claudio Magris publicado por la editorial Sexto Piso.
El conde y otros relatos
El aspecto femenino de lo fluvial navega por las páginas del relato como el elemento que paraliza al protagonista del cuento, que no es precisamente el Conde sino el narrador, el hombre que ayuda al otro a rescatar cadáveres del río, y quien en el relato de su escondido resentimiento contra su jefe evidencia sus propios miedos a vivir, articulados en una especie de veneración por las mujeres, en especial de María, la novia a quien dejó en estado y con quien no pudo casarse nunca, en parte gracias a los enredos del jefe. No escapará al lector la coincidencia del nombre de la amada imposible con el de la madre de Jesús, y si a eso se le añade el hecho de que “María” viene de las palabras para designar el mar en hebreo y en griego, se puede apreciar el entramado de significados con el que trabaja en esta narración el escritor italiano. “¿Cómo hablar de ella, con esta lluvia y esta oscuridad? (…) Cuando reía echaba hacia atrás la garganta levantando la cabeza, y su cabello y su rostro parecían elevarse hacia lo alto, una gaviota que remonta el vuelo y se precipita en el azul”, son las palabras que usa el narrador para describir a su novia, que hacen pensar en la erótica resultante de la sublimación de la dama en el amor cortés. Las ideas del narrador destacan con la misoginia del Conde, para quien “no valen nada” y considera “de estúpidos ocuparse tanto de ellas, solo los muertos merecen ser tomados en serio”.
Pero, además de la presencia de lo femenino, en este cuento que data de 1993 se articula la nostalgia como fuerza narrativa y esto lo vincula con los otros tres que integran el libro El conde y otros relatos “La portería” (cuya primera versión vio luz en 1995), “Las voces” (1988, 1995) y “Y haber sido” (2005). La editorial mexicano-española hace un buen trabajo en construir y mantener una atmósfera melancólica a lo largo del volumen, pero sus apenas 79 páginas dejan al lector con hambre de más y preguntándose si no había manera de presentar un libro más extenso que quizá hubiera podido incluir dos o tres atmósferas diferentes y características de la obra del más reciente galardonado por el Premio de Literatura y Lenguas Romances que entrega anualmente México en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
El relato que brilla porque difiere de los demás es “Las voces”; allí un hombre tiene relaciones imposibles no con mujeres, sino con las voces que estas dejan en sus contestadores automáticos. Podría compararse con el primer relato en su retrato soez de las mujeres de la realidad, puesto que se entiende que las voces son otra manera de sublimar el deseo: “Son las voces las que cuentan. Es más, solo ellas existen. Los cuerpos parecen armar mucho alboroto y ocupar mucho espacio, pero tan solo son sombras que desaparecen cuando cae el sol”.
“La portería” es una obra preciosa que habla sobre la desventaja que es envejecer y sentirse inútil. Presenta la perspectiva de un anciano que ha pasado la vida entera trabajando hasta consolidar un negocio exitoso. Como en “El Conde”, la nostalgia de un tiempo que parecía mejor se presenta como elemento articulador de un narrador-protagonista que, a diferencia del que construye el otro relato, se presenta como un personaje activo que desde el primer párrafo aparece in media res: bajándose del autobús para ir al trabajo.
También el tercero, “Ya haber sido”, está marcado por una tristeza melancólica, puesto que puede leerse como el panegírico de Jerry, cuyo perfil no es propiamente descrito en el texto, pero que sí expone bien las perspectivas sobre la vida de la voz que narra. Habla de la muerte y de la necesidad que muchos tienen de triunfar en la vida, o cómo esta marca el paso de la adultez a la vejez, así, la idea de ya haber sido o no haber sido es la idea sobre la cual se construye el relato. “Ser hace daño, no concede tregua. Haz esto, haz lo otro, trabaja, lucha, vence, enamórate, sé feliz, debes ser feliz, vivir es esta obligación de ser feliz, si no, qué vergüenza”. Es una que por la manera en que dice, más que por el sentido de lo escrito podría resumir no solo el libro sino también la carrera literaria de Magris: la búsqueda del sentido de la existencia sin ofuscaciones: sin las carreras inútiles de quienes piensan que la literatura (como simulacro de la vida) tiene algo qué enseñar.

@michiroche

jueves, 16 de abril de 2015

Vivir como en un juego

Ficciones reales. Criminales dignos. Cuentos novelas. La muerte juega a los dados es un libro distinto, no solo porque entre los intersticios silentes de los dieciocho relatos que lo componen, Clara Obligado construyera una novela negra, sino porque allí declara fútil ocuparse de los muertos, aunque sea para encontrar a sus asesinos. Así, trasciende lo policial para tejer, en la microhistoria de una familia patricia argentina que va erosionándose a lo largo del siglo XX, la macrohistoria del país donde transcurrieron sus existencias, estableciendo un incómodo paralelismo entre nación y patriarcado.
La muerte juega a los dados
“Lo esencial no es quién mató a quién (…) lo importante es qué sucedió con toda esa pobre gente que se quedó viva, qué les pasó después. Lo fundamental no es la solución de los grandes enigmas, sino la vida de todos los días”, escribe la autora en el cuento “Efecto coliflor”, uno de los dos que dedica al agente que investiga el asesinato de Héctor Lejárrega. El detective O’Brien representa otro quiebre con las intrigas policiales tradicionales, pues el personaje (masculino) encargado de hacer cumplir el imperativo moral donde el bien triunfa siempre sobre el mal se reduce a un mediocre abandonado por su esposa, incapaz de resolver el crimen que desbarató su carrera y cuya soledad es tal que se enamora de una nevera. Tampoco es ese antihéroe entre investigador y filósofo, el hermeneuta de moda en quien los críticos vierten el significante nuclear de la posmodernidad, que cuestiona al mundo desde la ciencia, el periodismo o la defensa de la ley. Este policía mira hacia fuera  como desde la ventanilla de un vehículo en movimiento y solo ve manchas borrosas, sin entender nada. Por eso termina transándose por organizar ad nauseam los detalles de un crimen –“la masa confusa de ramificaciones idénticas”– para resolverlo como si en este estuviera cifrada la razón de su propia existencia.
Como en sus obras anteriores, Las otras vidas (2006) y El libro de los viajes equivocados (Premio Setenil, 2012), la estructura es un elemento esencial del libro. Sin embargo, en La muerte juega a los dados, como si fuera un eje más de la trama del cuento “Efecto coliflor”, Obligado hace una declaración de su poética. “Frente a la coliflor partida, había comprendido todo: la estructura del universo, el tejido del cerebro, el camino de los nervios, las venas, el crimen”, piensa el detective O’Brien: “Todo se repite a diferente escala, había atisbado el ojo del universo en una hortaliza, el tallo grueso que se separaba en conglomerados idénticos hasta formar una cabezota semejante a una nube. Y así, hasta el infinito”. Allí está la distribución de las partes que proponen las ficciones de esta autora: las estructuras de sus relatos que se alzan hacia el infinito, vinculándose por detalles a los que carga de significado hasta convertirlos en símbolos, de la misma manera que en “La sangre” conecta realidades separadas por el espacio y el tiempo en la herida supurante de Héctor Lejárrega.
Este procedimiento es especialmente útil cuando Obligado intenta demostrar que la historia es cíclica, la macro tanto como la micro, y construye narraciones que actúan como espejos de otras. Así hace entre los relatos “Nada útil” y “La huida” o entre “La peste” y “Las eléctricas”. En el primero, un chico que solo sabe sacar cuentas escapa milagrosamente de la invasión nazi a Francia y en el segundo, una prostituta huye de las huestes de la Revolución Mexicana gracias a su belleza. Si pueden compararse ambas anécdotas no es solo porque las invasiones en la época de Hitler eran tan devastadoras como en la de Pancho Villa, sino porque contar, que es lo único que sabe hacer Teo, es tan inútil como la hermosura de la protagonista en “La huída”. Aquí la autora hace otro guiño a la escritura: contar también es narrar. ¿Y para quién puede resultar útil este oficio?
Macabras son las relaciones entre los otros dos relatos. En “La peste”, unas vacaciones en la década de los años cuarenta se ven interrumpidas por el temor a una epidemia de Polio que simboliza la amenaza percibida por los miembros de la familia Lejárrega en el golpe militar de Perón. En “Las eléctricas” una joven camina hacia la “Jaula de los Gritos” donde será torturada, como tantas víctimas del terrorismo del estado militar argentino durante la década de los años setenta. Pero a los relatos no los vincula el motivo político sino las mujeres que sufren los rigores de los ordenamientos (estructuras) patriarcales, dentro de las estirpes como dentro de los países. La presa intenta recordar un juego que le enseñó su madre, que había sufrido los rigores de un tratamiento para la depresión –“¿Te he contado alguna vez lo que me hacen en la clínica?”–. Con ese procedimiento, según le prometía, ella podría “salir de su cuerpo”, concentrándose en una sensación. “Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria”. Lo mismo que Alma proponía a la pequeña Sonia hace con sus lectores la autora argentina residenciada en España desde 1977: agarrarse de una metáfora familiar para enmascarar los meandros siniestros de la historia.

@michiroche

martes, 14 de abril de 2015

Gonzalo Celorio: “La novela no es un vaticinio sino un exorcismo”

Las familias son sistemas de relaciones humanas en que cada miembro representa una constelación de significados y donde a los autores les gusta buscar conflictos dramáticos. Uno de los que tiene esta costumbre es el mexicano Gonzalo Celorio que en su más reciente libro El metal y la escoria cuenta la saga de su familia paterna, como hizo en y en su novela de 2006, Tres lindas cubanas en la cual se ocupó de narrar la historia de su madre, que nació en La Habana a principios del siglo XX.
Gonzalo Celorio
Foto: Tusquets Editores
“Procedo de una generación que tuvo a la Revolución Cubana como emblema, desiderátum y esperanza social, pero después de muchos años me desencanté. Así comencé a verme en una situación incómoda, porque cuando alguien hablaba mal de Cuba yo adoptaba una posición crítica y cuando alguien la censuraba, yo salía en su defensa. Después de que publiqué la novela sobre mis tías y mi madre, cuando alguien me pregunta sobre ese país doy una mera recomendación bibliográfica”, explica el autor nacido en 1948.
Luego añade que se sintió conminado a escribir sobre la rama paterna de su familia, aunque era una historia más dolorosa y no la conocía bien, porque le interesaba el drama del desplazamiento implícito en la migración del abuelo desde España y la historia del éxito vuelto fracaso detrás del amasamiento de una gran fortuna (el metal) que después dilapidaron sus herederos en alcohol y juergas (la escoria).
A esa transmutación del oro en algo ruin, el autor nacido en 1943 añadió la tragedia de un narrador que enferma de Alzheimer y la combinación de ambas vertientes del argumento le sugirió un verso del poema “Everness” del argentino Jorge Luis Borges: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido / Dios que salva el metal salva escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido”.
De ese verso sugirió la metáfora alquímica que subyace en la novela, significante de cómo la frontera entre el éxito y el fracaso se encuentra en las pasiones humanas, y también surgió el título de esta historia que comienza en 1874, cuando un español de nombre Emeterio decidió emigrar a México en busca de fortuna y la consiguió con mucho trabajo construyendo un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas que al ineptitud de sus hijos terminó llevando a la quiebra.

– ¿Qué dificultades supuso trabajar desde la autoficción?
– No tenía datos ni posibilidad de conseguirlos y todo aquello que la documentación directa no me permitía obtener, lo tuve que suplir con la imaginación. Por eso la defino como una saga familiar con algo de autobiografía y de historia.

– Pero también hace hincapié en el olvido como anécdota y como recurso literario.
– Presento a un narrador que es víctima del Alzheimer y esto fue el reto más formidable que haya yo tenido en mi vida literaria: escribir desde la enfermedad, la desmemoria y desde la pérdida del lenguaje. La novela no es un vaticinio, sino un exorcismo; El metal y la escoria no anuncia nada, pero el conflicto que motiva su escritura, y el solo hecho de verbalizarlo, hace que ese conflicto quede expulsado de mi sistema. Aquí exorcicé la amenaza terrible de la enfermedad del Alzheimer.

– ¿Es el pudor una limitación para escribir novelas donde los miembros de su familia protagonizan el argumento?
– La verdad es que el proceso de escritura implica desnudarse y eso es difícil, pero hay que arrostrar. La persona que está detrás del autor puede tener todo el pudor del caso, pero a la hora de la escritura si es necesario desnudarse hay que hacerlo, porque en el fondo, curiosa y paradójicamente, la desnudez es una forma de vestuario: es la mejor manera porque nos cubre la voz narrativa y la sinceridad. Ante la desnudez, el lector asume una posición de cómplice y de comprensión.

– Y, a partir de la desnudez, el narrador puede humanizar también al personaje de la anécdota familiar.
– Sí, porque la ficción tiene una capacidad indagatoria en la realidad más profunda que otros discursos. Yo siento que sé más del campo mexicano por Juan Rulfo que por todos los trabajos antropológicos, geográficos o geológicos del medio rural mexicano que se hayan producido. La narrativa tiene la capacidad de ampliar las escalas y las categorías de la realidad y hacerlas más profundas que cualquier otro discurso. La novela no permite la mentira: a través de la ficción la imaginación articula una realidad más amplia que esa en que vivimos.

– Su escritura tiene que compaginarse con otros roles profesionales, como el del profesor universitario o el del miembro de la Academia de la Lengua. ¿Afectan estas visiones al producto de su literatura?
– No me siento una persona esquizofrénica. Soy académico y novelista al mismo tiempo, pues no son realidades excluyentes, tampoco tengo complejo en el sentido del género literario. Como soy profesor de literatura, en mis clases tengo que hablar de géneros, pero en mi práctica no pienso en eso. También es verdad que cuando escribo para la academia se me mete la ficción y no tengo yo mayor complicación. Hay gente que dice que mis novelas son muy ensayísticas y mis ensayos muy novelísticos.

@michiroche

jueves, 9 de abril de 2015

Schweblin: “Tener lo extraño más cerca lo hace menos monstruoso”

La carrera ascendente de la argentina Samantha Schweblin acaba de dar un nuevo giro ahora que se hizo acreedora de la cuarta edición del Premio Ribera del Duero que ofrece bianualmente la editorial española especializada en libros de cuentos, Páginas de Espuma.
Foto: Tamara Somoza
Cortesía Editorial Páginas de Espuma
Como es su costumbre, la autora presenta en este manuscrito siete cuentos que abordan lo extraño como actitud humana y que se construyen sobre la idea de lo complejas que son las relaciones humanas en las ciudades. Según su autora, “Siete casas vacías” representa “un avance del campo hacia la ciudad, hacia el realismo y hacia lo personal. Pájaros en la boca que es el libo que queda entremedio por ser el segundo que publiqué sucede en la ruta en le camino. También en el trabajo del género hay aquí cambios: me interesa muchísimo lo fantástico, pero también me doy cuenta de que cada vez lo abordo desde un lugar mucho más real y mucho más personal. Tener lo extraño más cerca lo hace menos monstruoso, pero lo hace mucho más terrible. Y a mi me gusta mucho esa tensión y trabajar con esa fuerza”, explica la también autora de Núcleo del disturbio (2002).
El extrañamiento en “Siete casas vacías” es uno de los vórtices de la narrativa de Schweblin obsesionada como está con el límite entre lo que es normal y lo que no lo es. “En mayor o menor medida, la literatura siempre trata de esto, porque lo que nos fascina, lo que buscamos  descubrir y entender cundo leemos, es siempre lo desconocido, la excepción, lo nuevo y lo extraño”, explica.

Venerar el cuento. Refiriéndose al Premio Ribera del Duero, la autora nacida en 1978 dijo que “estos galardones tienen una importancia vital no solo porque recompensan y estimulan el genero del cuento, por el que a veces pareciera que los escritores transitáramos como una suerte de etapa de aprendizaje para otros géneros, sino porque tiene que ver con algo que yo descubrí a los doce años y que envidié mucho en otros y que me cambió la vida para siempre: escuchar a mi abuelo recitar versos de Almafuerte a los gritos con la mano sobre el corazón o cuando mi amiga Anna citaba con tono afrancesado y con un gran lagrimón a un tal Julio Cortázar, me di cuenta de que había una energía  y una intensidad algo brutalmente placentero que era solo para ellos y de lo que yo quedaba absolutamente excluida. Este Premio que une literatura y vino tiene que ver con eso, con esa pasión que vi en ellos y que quise también para mi, la misma que me sentó por primera vez a leer y la años después me hizo también probar mis primeros sorbos de vino. Y eso es lo que quiero decir: que no fue placentera aquella primera vez; nosotros nunca estamos preparados para los primeros sorbos que tomamos en nuestra vida, es un sabor absolutamente desconocido; no son fáciles tampoco las primeras lecturas porque nos resistimos a todo lo que es nuevo y, a la vez, porque por extraño y por suerte nos fascina, esta es la alquimia irresistible que produce la combinación de lo nuevo y de lo desconocido, pero para que su efecto sea verdaderamente precioso la buena literatura y los mejores vinos necesitan también excelentes lectores y exquisitos bebedores. Así que brindo por este premio”.
Los personajes que habitan en libro de Schweblin están traspasados por el extrañamiento y la locura, una que la autora describe como “sana”, como una que a veces los “lleva a optar por soluciones un poco más insólita o extrañas pero que terminan siendo a veces bastante sensatas”. Y que surgen de su búsqueda narrativa sustentada sobre el análisis del “código social que hacemos entre todos los seres humanos” y al que llamamos normalidad.
“En inquirir qué está bien, qué está mal, qué es aceptable y qué no, me llama poderosamente la atención la cantidad de verdad que queda por afuera de estas preguntas y espero que también los personajes sorprendan a los lectores en este límite y en el ruido que hay sobre esto en cada uno de los cuentos” explicó la autora, a quien Rodrigo Fresán, presidente del jurado, y Guadalupe Nettel, ganadora del Premio Ribera del Duero en la pasada edición tacharon de “narradora “Davidlynchiana”
Al Premio Ribera del Duero este año llegaron más de 800 manuscritos de 53 países. Según el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor, hubo una presencia destacada de manuscritos provenientes de Argentina, México y Colombia y otras dos escritoras mujeres fueron favoritas, Cristina Cerrada y Vera Giaconi, además de Schewblin, estuvieron entre las finalistas. Además de los nombrados, participaron como miembros del jurado los narradores Pilar Adón, Jon Bilbao y Andrés Neuman.

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Entrevista sobre el libro Distancia de rescate 

@michiroche