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Tela de sevoya. Myriam Moscona. 2012 |
Es menester comenzar por eso que no es: El
ladino no es el idioma que hablaban los judíos antes de que en 1492 los Reyes
Católicos los expulsaran de España. Es el idioma que resultó de esa injusticia:
es la lengua de la diáspora que conserva la fonética y la semántica del
castellano antiguo, aunque en su gramática es similar al hebreo, y todavía se
habla porque se protegió en la intimidad familiar mientras los sefardíes se
asentaban en los países mediterráneos de Europa o en Los Balcanes. Este idioma hablado
por escasas cien mil personas en el mundo es el entramado simbólico sobre el
cual la poeta mexicana Myriam Moscona construye su primera novela, Tela de sevoya, publicada por Lumen en
2012, año en que ganó el Premio Xavier Villaurrutia de escritores para
escritores.
La novela experimental de esta hija de
búlgaros sefardíes que se asentaron en México después de la Segunda Guerra
Mundial es a veces fragmentos de la infancia y otras los comentarios eruditos sobre
esta lengua que la Unesco ha declarado en vías de extinción. Pero la obra de Moscona
trasciende la intimidad de la memoria para entrar en el grandilocuente pasado
sefardí, desde el Edicto de Expulsión con que España inaugura la Edad Moderna
hasta las consecuencias del Holocausto. No contenta con la monumentalidad de
esta labor, Moscona le añade fragmentos de un diario del viaje que hizo para
Bulgaria con le objeto de visitar las casas donde se habían criado sus padres.
“Yo sabía que sólo quedaba en pie el terreno, pues la casa, durante años, fue
un jardín de niños y, al parecer, cuando se vendió la demolieron (…) Me sentía,
no lo voy a negar, como esos peregrinos que esperaron años para alcanzar su
lugar de adoración”, escribe sobre la antigua morada de su madre.
Habla
la abuela. El recuerdo con más fuerza afianzado de
todos los que desfilan por las casi 300 páginas del libro, es el de la abuela
materna, que fue a vivir con la autora, su madre y su hermano cuando su padre
falleció, de forma intempestiva, a la edad de 47 años.
De la misma manera en que el djudezmo no
participó de las transformaciones de la lengua castellana en los últimos
quinientos años y, por eso, “conserva los arcaísmos, la musicalidad, la huella
del tiempo ‘detenido’” la vieja Victoria – a quien su nieta “sabía despertarle
como nadie” su “extraña crueldad”– muere “muy avanzado el siglo XX, sin dejar
nunca el XIX”, apenas unos días después de presenciar por la televisión la
llegada del hombre a la luna y hablando un idioma que no tiene palabras para
las herramientas de la modernidad como el cine, el teléfono o los semáforos. “Una
vieja acostada en su cama voltea la cara a la izquierda, suelta un sonoro gas
estomacal, le dice a su nieta que no la perdona y muere. De ahí sus palabras se
difunden como un eco. Rompen el tiempo. Y desde el quicio de la ventana, días,
semanas, y meses se asomará bribona, vengativa, maligna”, escribe la poeta en
la escena que inspiró la novela y donde se recogen las últimas palabras que le
dijo su abuela antes de morir: “Para una
preta kriatura komo sos, no ai perdon”.
Más que un diario de viajes, una
colección de anécdotas infantiles o un tratado sobre una lengua en vías de
extinción, Tela de sevoya es una
reflexión sobre la impermanencia.
El entrecruzamiento de las memorias de su
familia con el léxico en que se construyeron permite urdir una reflexión sobre
la fragilidad del ser humano, idea a la que alude el título de la novela, que tomó
del refrán “el meoyo del ombre es una
tela de sevoya”. Y cada entrada del diario de los sueños que también
aparece acá o cada reflexión a la que su abuela la somete redundan sobre esta
idea. En el recuento de un sueño, Moscona cita a su madre cuando le dice: “Al
parecer nos necesita todo lo de aquí, lo fugaz, de manera extraña nos
concierne. A nosotros, los más fugaces. Todo una vez, sólo una. Una vez y nada
más. Y nosotras también una vez. Nunca otra”. Así la también artista plástica añade
al linaje y a la lingüística, la dimensión simbólica a las reflexiones sobre la
legado y la fugacidad de la existencia.
El sello catalán Acantilado reedita esta
novela en España el mismo año que el gobierno de este país decidió otorgar
nacionalidad a todos los sefardíes que puedan acreditar su origen es evidencia
de que las lenguas conservan memorias que la gente ha olvidado. Esto no puede
ser casualidad y habla de la necesidad de hacer las merecidas reivindicaciones
históricas. La memoria y la lengua en la cual esta se articula son el sustento
y el mecanismo que permite mantener estas heridas abiertas para que puedan ser
sanadas.
En su libro, al aprovechar que “la única
forma de traducción que la memoria tiene a su alcance es el lenguaje”, Moscona
se sirve del mundo onírico como un arma para desenmarañar los entramados
simbólicos de la difícil comunicación entre los miembros de su familia. “Sólo
el [lenguaje] materno nos da a entrada a ese valle nativo y único en el que
decimos mejor aquello que pensamos”, escribe la autora de los poemarios Vísperas (1996), Negro marfil (2000) y El que nada (2006). Allí está el meollo
–¿meoyo?– de la novela: cómo la intersección entre el habla, el linaje y los
sueños que acumula las aprehensiones de los seres humanos.
@michiroche
Nota: una
versión de esta reseña fue publicada en el blog de la institución financiera
Banesco (http://blog.banesco.com/blog/)
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