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Rayuela. Julio Cortázar. 1963 |
Fiel
al juego de espejos que tanto obsesionaba a Cortázar, en el que las personas o
situaciones reflejaban otras invertidas o con leves variantes –y que en su
narrativa corta puede verse en “Todos los fuegos el fuego” o en “La noche boca arriba”–, el protagonista de Rayuela, Horacio Oliveira es tanto la
representación de lo que el autor argentino consideraba hace 50 años que debía
ser un intelectual, como también a la imagen de las polaridades principales que
se esconden en el fondo de la existencia humana que también corresponden al
objeto de reflexión de un pensador.
Durante
un foro realizado en Caracas el martes pasado para conmemorar el medio siglo de
la edición de Rayuela, el narrador
Oscar Marcano explicó que Cortázar creía que la realidad cotidiana del mundo
enmascaraba una realidad más humana, como si una fuera la imagen reflejada en
un espejo de la otra. Yo, que lo escuchaba, pensé en dos mundos paralelos que
se unen por una serie de equivocaciones y alguno que otro trompe l'oeil. Pensé en que el juego del avioncito –la
rayuela, dirían en Argentina– que se parece a la línea del horizonte sobre la
cual los seres humanos saltan en un pie o descansan sobre los dos.
Por
eso, me parece que la configuración intelectual de Oliveira recuerda a las
ideas expresadas por existencialistas cruciales del siglo pasado, como el
humanista rabioso que fue Jean Paul Sartre, convencido como estaba este de que
los hombres –a través de sus ideas tanto como de sus pasiones– eran los
ordenadores del sentido del mundo. Aunque quizá, en el talante erudito de
Oliveira es más evidente la influencia de Martín Heidegger, por cuanto en su
libro El
ser y la nada (1929) el filósofo alemán analizó la existencia humana como una ventana
por medio de la cual se podía ver al ser, como si una y otra condición –existir
y ser– pudieran ser separadas en dos categorías aprehensibles de diferentes
maneras. En esta reflexión Heidegger se adelantó casi cuarenta años a al
psicólogo Jacques Lacan, que a partir del estudio del lenguaje formuló tres
estadios de la experiencia humana: el imaginario, la realidad y lo real. El
primero se refiere al carácter de lo simbólico y es el más íntimo, pues allí el
sujeto produce sus imágenes y asociaciones personales. El segundo se refiere al
intercambio simbólico social, con el lenguaje y la comunicación como grandes
estructuradores de la experiencia de la comunidad. El tercero, el de lo real,
es un ámbito mucho más abstracto que los dos anteriores porque no tiene un
lugar específico, más bien se refiere a todo lo que está fuera de la percepción
humana, a todo aquello que por no poder ser nombrado ni comunicado se mantiene
fuera del intercambio simbólico.
La
relación que se establece entre la realidad y lo real –es decir: lo
representado y lo que no– es la misma que se establece entre los dos mundos que
propone Cortázar: la realidad cotidiana y la más humana a las que aludiera
Marcano. “Digamos que el mundo es una figura, hay que leerla. Por leerla
entendamos generarla. ¿A quién le importa un diccionario por el diccionario
mismo? (…) Qué inútil tarea la del hombre, peluquero de sí mismo, repitiendo
hasta la náusea el recorte quincenal, tendiendo la misma mesa, rehaciendo la
misma cosa, comprando el mismo diario, aplicando los mismos principios y las
mismas conjeturas”, escribe Cortázar en la “Morelliana” del capitulo 71.
Anclado
en estas ideas del lenguaje e idioma –debe recordarse que Cortázar escribió su
novela en castellano mientras vivía en París, exiliado en una nación cuyo
idioma tuvo que aprender– no parece casual que Rayuela fuera principalmente una revolución tan radical en la
estructura y en la expresión escrita. Rayuela,
es su estructura por cuanto es la
forma la que construye las ideas del personaje y el resquebrajamiento de la
estructura tradicional de la novela sólo buscaba evidenciar, debajo de los
pedazos rotos, lo que Cortázar creía que era la irrepresentable realidad “más
humana”.
He
allí la labor del intelectual que proclamara con su novela Cortázar: mostrar lo
real, lo que carece de representación, aquello que por comodidad o por miedo,
los seres humanos han querido ocultar. ¿Qué había debajo de todos esos pedazos
rotos de realidad? ¿Qué experiencia de lo real han querido las sociedades
occidentales enmascarar? Cortázar no nos dice, prefiere que cada lector se
responsabilice por sus conclusiones, afronte sus propios temores íntimos.
(Primera edición 20 junio 2013: http://www.el-nacional.com/blogs/colofon/Intelectualidad-existencia-Cortazar_7_211848817.html)
Michelle Roche Rodríguez
@michiroche
Michelle Roche Rodríguez
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