jueves, 18 de febrero de 2016

Adiós, Santiago


El silencio, el destierro y la astucia («silence, exile, and cunning»): esas fueron las únicas armas que se permitió James Joyce para expresar su vida y su arte. Hacia los primeros años de la segunda década de nuestro siglo, éramos hombres despojados. Nuestra marca, lo supiéramos o no, era el destierro, la ausencia. Nuestras armas tendían invariablemente a ser las de Joyce. Entonces sabíamos (no sólo por intuición) que un hombre no es más que un eidolon, un fantasma, ya que toda acción que emprende está signada por la muerte, la ausencia, el cambio y el olvido, como escribió magníficamente, de nuevo, Joyce. No creo equivocarme (en tal caso, ciertas equivocaciones le están permitidas al lector) al pensar que tales fueron las armas de José Urriola al escribir Santiago Se va. En esta novela se nos dibuja y desdibuja, con paciencia y ambigüedad, la figura de un personaje que es también una sombra. Lo primero que sabemos es precisamente que Santiago se ha ido, luego de dejarle encargada una empresa colosal a su amigo el narrador. Desde ese brevísimo primer capítulo intuimos que no estamos ante cualquier libro.
Santiago se va
A partir de entonces empieza la construcción de Santiago sobre el lector. Construcción cuya arma principal es precisamente la ausencia. Santiago es dibujado por la memoria de las mujeres más importantes de su vida, y esas memorias están sujetas, como lo sabrá toda persona, al sentimiento y sus variaciones. No habré de ahondar en las configuraciones de dicha construcción llamada Santiago, que en cada lector tendrá sus propias sugerencias, sus propios tintes; habré de decir solamente que hace veintiséis años, cuando leí por primera vez la novela, la figura de Santiago que logré percibir podía resumirse con el epíteto «ruidosa». No quiero con esta palabra, sin embargo, sugerir sentimientos cercanos a la exasperación, al fastidio; antes, más bien, me refiero al clamor, a lo intolerable que se presenta en la vida de quien descubre que el silencio es imposible y que todo, absolutamente todo (salvo la música), es trueno.Hacia el final de la novela descubriremos el propósito de la quimérica empresa. Sabremos que la sombra que hemos estado construyendo no nos pertenece del todo, sino que tiene su propia vitalidad, su propósito secreto. Algunas pistas acercarán al lector atento hacia la resolución final, que no es más que una: la destrucción de una sombra antigua, partícipe del ruido, y su reemplazo por la sombra que hemos construido a partir del silencio, el destierro y la astucia.

Saúl Figueredo

martes, 9 de febrero de 2016

Álex Grijelmo: “Todos tenemos una relación sentimental con las palabras”


Para Álex Grijelmo los reporteros deben contribuir al dinamismo de la lengua, por estar en la frontera que separa a la academia del uso popular del idioma. Pero también tienen la obligación de resguardarla pues con cada barbarismo se pierde la herencia cultural que supone le castellano.
Este veterano del oficio comenzó su carrera a los 16 años en La Voz de Castilla, un diario de su ciudad, antes de terminar sus estudios de Ciencias de la Información. Fue a través de su vocación periodística que se estableció su estrecha relación con el idioma. Es el primero de su profesión en escribir un libro de gramática en castellano: La gramática descomplicada (2006). Como este, sus demás  libros tratan de la correcta expresión en la lengua:  (1998), La seducción de las palabras (2000), La punta de la lengua (2004) y El genio del idioma (2004), además del manual de periodismo que ha servido de inspiración a los principales diarios de habla hispana, El estilo del periodista (1997). Además, las críticas con humor sobre le idioma castellano son la carne de sus columnas dominicales que ha sostenido en varios medios impresos.
Este autor nacido en 1956 inauguró su relación con la palabras desde la temprana infancia. Un episodio que recuerda con frecuencia en foros y entrevistas evidencia que esta obsesión es de larga data. La anécdota lo confronta con sus mayores por la correcta pronunciación en castellano.
Álex Grijelmo
“De niño ya yo era crítico”, comienza sonriendo como quien anuncia que viene un chiste, “me extrañaba mucho lo mal que hablaban los adultos. Hablaban especialmente mal cuando me increpaban a mí. Cuando venía mi tía a casa me decía: ‘¿Quieres tatamelos?’. Yo, por supuesto, me preguntaba porqué decía caramelos de una manera tan rara. A los niños se les habla como se supone que ellos hablan, sin reparar en que cuando un niño dice ‘tatamelos’ está pensando en caramelos. Probablemente sea fruto de esa esquizofrenia el hecho de que yo mismo empecé a inventar palabras, así que por alguna extraña razón yo a mis tías las llamaba ‘brunus’, es inexplicable pero quizá tenga que ver  con que me parecía que hablaban mal”.
En 2004 comenzó a dirigir la Agencia EFE y creó la Fundación de Español Urgente (Fundéu), con la que impulsa el uso correcto del lenguaje en los medios periodísticos. Antes fue director editorial de proyectos de prensa del Grupo Prisa, luego de trabajar para El País, medio del que fue redactor en jefe y redactor del Libro de Estilo. Hasta 1983 estuvo en la nómina de Europa Press. Hace más de una década ganó el premio nacional de periodismo en España, Miguel Delibes.

– ¿Qué aporte pueden hacerle los periodistas al castellano?
– En el terreno del idioma, los periodistas estamos siempre en la frontera y utilizamos palabras que llegan a nosotros por primera vez. Los libros de estilo no dicen nada de las palabras mesa, suelo o casa. Eso está en el mero centro del idioma, nadie tiene problemas con esas palabras. En España utilizamos palabras como azerbaiyano, para las personas que vienen de Azerbayán, o trinitense para los que son de Trinidad y Tobago, o utilizamos palabras como hezbolá. Como los periodistas estamos en terrenos siempre fronterizos del idioma, tenemos un doble papel: por un lado hacemos que esa frontera se mueva y que entren en el idioma palabras que estaban afuera antes, pero también debemos ser los vigilantes en esa frontera y tenemos el deber de decidir si una palabra no pasará porque ya en el Diccionario hay una mejor que ésa.

– Hace unos años se imprimió la nueva Ortografía de la Real Academia de la Lengua Española y sus “sugerencias” han traído un revuelo, ¿qué opinión tiene usted del cambio de ciertas leyes ortográficas?
– Me parece que es muy normal ese revuelo, y muy positivo. Todos tenemos una relación sentimental con las palabras y con el idioma, esto se debe a que comenzamos a relacionarnos con las palabras cuando éramos niños. Todo lo que pasa en la infancia de uno, al final, influye en el resto de su vida. Entonces, haber aprendido una ortografía y una acentuación determinada de las palabras de niño te genera esa reacción sentimental. Ahora, ¿por qué se ha producido este debate? Porque la gente se ha preguntado qué le están haciendo a las palabras que considera de su familia…. “¿Me están cambiando un primo por otro?, se preguntan y se responden: No, no. Mi primo es mi primo, no quiero que me lo cambien”. Ha habido una reacción que tiene que ver más que lo sentimientos que con la ciencia, entonces allí puede ocurrir que alguien vea las palabras con un punto de vista científico y alguien las vea desde un punto de vista sentimental. Esas son las dos formas que estaban chocando: la sentimental y la científica. Alguien decía que se podía quitar la tilde por argumentos técnicos y muchos escritores le respondían que no tenían porqué quitarle la tilde al “solo”, porque ya se apañaban muy bien antes. Por eso creo que la solución a la que se ha llegado, de dejarlo al gusto de cada quién, es buena.

– Frente al avance de la revolución tecnológica y, en especial, de las redes sociales ¿Cuál debe de ser papel de la Academia de la Lengua y cuál el de los medios de comunicación impresos?
– La gente se pregunta si la tecnología va a transformar la escritura, pero no creo que sea así. Lo mismo ocurrió cuando se inventó la taquigrafía, que tenía más que una escritura un auténtico lenguaje configurado para tomar notas y una manera de expresar el lenguaje hablado en forma escrita que era la taquigrafía. Hubo quien decía que eso iba a transformar la escritura porque era más útil y económico. Al final, lo que ha pasado es que nadie se acuerda hoy de la taquigrafía porque tiene tanta fuerza el genio del idioma la historia de la lengua, todos los millones de libros que se han escrito en castellano que es muy difícil que cambie, yo creo que esto es un fenómeno pasajero.

– ¿Cómo queda el periodismo impreso ante este avance tecnológico?
– La crónica es la salvación del periodismo impreso. Hoy en día todos conocemos las noticias a través del celular, de la radio y la televisión, entre otros medios de la inmediatez. Cuando uno abre le periódico por la mañana es muy difícil que se encuentre con una noticia a la que no tuviera acceso varias horas antes. Lo que salvará al periodismo impreso es que interprete a la realidad. La crónica es una forma de enmarcarla, de describirla e de interpretarla. Es importante señalar que esta interpretación no necesariamente se refiere a filtros de valor, sino favorecer que el público tenga los elementos suficientes como para formarse su propio juicio y en ese sentido la crónica tiene que ser el género más presente en los medios impresos.


@michiroche

jueves, 4 de febrero de 2016

Aquel Reino perdido

El objeto de la experiencia religiosa es encontrar para la angustia, según piensa Emmanuel Carrère, el asidero de una certeza. Bien que lo sabe el autor nacido en París en 1950, porque durante los años más duros de su vida, cuando no encontraba un norte para su escritura y su vida personal estaba amenazada por la perspectiva del divorcio, la lectura y el estudio de la Biblia, así como la práctica periódica de los rituales católicos y, en especial, de la misa sirvieron para darle tranquilidad. Pero eso fue solo un tiempo. Pronto su mente de intelectual pudo más que las supersticiones de sus días trágicos y entendió lo que estaba detrás de las fórmulas rituales.
El Reino
Su libro más reciente, El Reino, es un enorme reflexión sobre lo inquietante que le resulta haber creído alguna vez en esa vasta falsificación que es el Nuevo Testamento, destinado a hacer creer que el cristianismo es el heredero del judaísmo, que cuando Jesús se proclamaba el Hijo de su Padre y hablaba del Reino que esperaba a los fieles después de la muerte, no se refería a un lugar en la tierra, sino a la comunión que aquello que los griegos conocían como el Logos. La mentalidad creadora, la palabra, el espíritu: significaba deshacerse de todas, absolutamente todas, las cadenas materiales.
“El Reino es para los buenos samaritanos, las puta amorosas, los hijos pródigos, no para los maestros del pensamiento ni para los hombres que se creen por encima de los demás”, escribe en el libro que se adjudicó en 2015 el Premio Le Monde. He allí el problema: si se es rico, inteligente o feliz, no se puede acceder a la alegre espiritualidad después de morir. Movido por la desconfianza que le produce que la respuesta retórica del cristianismo ante la nada de la muerte, Carrère presenta quinientas diez y seis páginas donde se dedica a reconstruir la experiencia religiosa de dos figuras que fueron fundamentales para la promoción del cristianismo entre las masas paganas del imperio romano, aunque nuca conocieron a Jesús: el predicador Pablo de Tarso y el evangelista Lucas.
Aunque al principio se sintió atraído por el judaísmo, el primero de estos hombres viajó por todo el imperio para predicar, no las palabras de Jesús, sino su Resurrección. El segundo quedó maravillado con Pablo y a prendió de él lo suficiente para involucrarse con los cristianos y escribir una historia del Mesías como si lo hubiera conocido que resultó tan influyente entre las primeras comunidades de fieles que se convirtió en un texto fundamental del Nuevo Testamento. Pero, al principio, ni Pablo ni Lucas fueron bienvenidos entre las comunidades de primeros cristianos. Y la narración de estos desencuentros construye los episodios más interesantes de El Reino.
El efecto de las enseñanzas de Pablo es que incorporaron al cristianismo elementos de las religiones mistéricas paganas al proponer que luego de la muerte hay una forma espiritual de vida y abre a lo que hasta entone era una secta del judaísmo al sincretismo haciéndola atractiva a los gentiles que eran mucho más numerosos en el imperio que los hebreos. También sirvió de fundamento para el gnosticismo que desde temprano se desarrolló en el cristianismo. Puesto que el mundo era corrupto, los gnósticos creían que Jesús no podía haber sido un hombre y un dios porque el cuerpo estaba contaminado, por eso solo había tenido la apariencia de ser humano. La Resurrección era la prueba de su espiritualidad.
Como al negar la humanidad de Jesús, negaba también los sufrimientos que padeció para limpiar de pecados a los humanos, desde muy temprano se tachó de herejes a los gnósticos y se afanó en probar que Dios Padre y su Hijo, Jesús, eran la misma persona. Más tarde dijeron que al Padre y al Hijo se les sumaba el Espíritu Santo. Allí estaban sentadas las bases de la doctrina de la Santísima Trinidad, según la cual Padre, Hijo y Espíritu eran una sola divinidad en tres manifestaciones. La formulación respeta los atributos de la omnipotencia y la eternidad de Dios y distribuía sus funciones entre un padre demiurgo, el Logos del que habla el Evangelio de Juan, un Hijo Redentor y un Espíritu santificador. Esto promueve la creencia de un Dios creador inmutable eterno e inaccesible, junto a uno que es igual a los seres humanos por haber sido él mismo uno de ellos. Uno que fue  hombre y que por eso está más cerca de explicarle a las personas de qué se trata el Reino de los Cielos.
Pero la Trinidad no es el tema del libro de Carrère. Eso vino siglos después del marco histórico en que el escritor francés se sitúa. Su libro se trata de la manera en que Pablo y Lucas interpretaron las enseñanzas de aquel Jesús que nunca llegaron a conocer más que por los testimonios de sus apóstoles. Se trata también de las historias en las cuales estamos dispuestos a creer para tranquilizarnos. Y de lo que estamos dispuestos a hacer para mantener que esas historias son ciertas.

@michiroche